Diario de León
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El aullido | luis artigue

Y sin embar go hay vida más allá del fútbol-¦ Acaban de estrenar en la cartelera leonesa El retrato de Dorian Gray , tenebrosa película de ambientación gótica, estética decade ntista, trama desasosegante, muy cuidado vestuario, escenografía tendente al desmesurado barroquismo y un guión que, como la inquietante novela de Oscar Wilde en la que está basado, supera con mucho las consabidas recetas que configuran el hoy de nuestra de ficción.

Una imaginativa historia repleta de sutilezas sobre los peligros de apostarlo todo a la exterioridad física, al hedonismo sin interrupción, al mal como ampliación de la adocenante normalidad, al individualismo más radical y a la crueldad como trampolín que lleve al opulento éxito sin previo esfuerzo, se antoja como algo que resulta oportuno rescatar hoy.

Y más aún si tan intemporal argumento, que refleja el lado ilusorio de la vida, lleva la firma de un fluido virtuoso del lenguaje como Wilde, el retratista de almas amigo del dandysmo y «el arte por el arte», el dotado agitador de la sociedad victoriana en la que le tocó vivir, tan ingenioso para las frases con vocación de cita literaria, tan audaz en la crítica como minucioso en la descripción, y tan mordaz en su visión del mundo como ilustrado gozador del presente.

Prometía mucho esta película, esta nueva y sofisticada revisión del mito fáustico, y sin embargo se queda fundamentalmente en la descripción realista -”con convencionales impregnaciones fantásticas de terror de serie b-” de un lúbrico joven londinense, miserable irredento, apresuradamente adoctrinado por un viejo amigo libertino. ¿El hedonismo por el hedonismo nos demuestra que la superficialidad se llena muy pronto? Dorian Gray, hermoso e inocente joven -”interpretado por el atractivo y hierático Ben Barnes-” hereda una lóbrega mansión en el clasista Londres de los coches de caballos y los salones aristocráticos: estamos a finales del siglo XIX. Regresa por eso a la ciudad en la que transcurrió su torturada infancia, y, de la mano del libertino Lord Henry Wottom, se sumerge en los bajos fondos de la nocturna capital inglesa.

Dorian, fascinado con sus potencialidades recién estrenadas, pronto comienza a obsesionarse con alcanzar la eterna juventud, y trata por eso de apurar su tiempo existencial al máximo consagrándose al placer. Un retrato suyo pintado por Basil, reputado artista bisexual, le hará ver que el ser humano es tiempo y la belleza física finita, pero, lejos de resignarse a tales certezas, no dudará en vender su alma al diablo con tal de librarse de su caducidad, e iniciará un dilatado viaje transversal por placeres de todo tipo. A diferencia del resto de los mortales, el apuesto Dorian permanecerá intacto al sucederse los años y será en cambio el retrato el que envejecerá asumiendo la degradación física y moral de ese eterno muchacho.

La película incurre en los errores que denuncia la novela al centrarse exclusivamente en la exterioridad del argumento y la época, y suprimiendo casi todo lo que en Wilde había de profundo y penetrante en diálogos y psicologismo. ¡Y sin embargo por momentos resulta un espectáculo notable para todos los sentidos!-¦ Pero al salir del cine te que da el ánimo como un trapo... O no.

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