Diario de León
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León

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Aquí te espero Camino gallego

Todo llega, aunque haya que esperar a que San Juan baje el dedo. Pero esta vez mereció la pena. Por fin la plaza del Espolón (que tiene un nombre demasiado pomposo para el regato que por allí pasa, sin peligro y necesidad de malecón para evitar caídas) tiene un aspecto digno. Han tenido que pasar más de treinta años para que la vieja fisonomía del Espolón, con su fuente de mil caños recobrara la importancia que tuvo en el pasado, después de haberla minimizado con un fontano rechoncho de un solo chorro, que a veces ha tenido que soportar el sambenito de «no potable». Hace unos pocos años se arregló la zona sombreada y fue otra vez reposo de ancianos y paseantes, pero para vergüenza de todos siguió con su isleta destrozada y llena de barro, en la confluencia con la Era del Moro. Eso es lo que más luce ahora en la nueva plaza, que no es sino la vieja un poco más pequeña. Se le ha limado un metro a su circunferencia y se han colocado bien los pasos de peatones. Porque el del principio de San Mamés se utilizaba poco, pues todo el mundo cruzaba por la esquina y es donde ahora se ha pintado el paso.

La isleta citada está preciosa, aunque ahora obliga a tomar una curva muy cerrada a quienes salen de la plaza y bajan por la Era. Pero la sensación que se da es de amplitud y buena urbanización. Esperemos que dure.

Y de San Juan a San Pedro, el otro santo festivo de la ciudad, que está de capa caída en los últimos años, pues sólo es festivo si sobran fechas del calendario. Tan pobrín está San Pedro, que ya ni actos de relumbrón tiene, como aquella «cabalgata y batalla de flores» que se anunciaba en los programas de mi infancia. Ahora se va por lo monstruoso, igual aquí que en Cuenca. ¡Viva la globalización de las fiestas!

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