Banderas en los balcones
Tribuna | José Manuel Díez Alonso
Hace días que la selección española ganó el Mundial de fútbol, y aún quedan banderas de España en balcones y ventanas, en los bares, en los escaparates, en los coches. Las banderas son uno de los símbolos más poderosos y, a mi modo de ver, uno de los más fascinantes, por su colorido y variedad, pues las hay territoriales, polít icas, históricas, partidistas, sindicales, religiosas, corporativas...
Las banderas se adaptan a los tiempos. En esa «selva de símbolos» de que hablaba Victor Turner, los actores sociales les dan nuevos usos. Las banderas y el resto de símbolos no son inmutables. Cambian con el tiempo y la situación social. Se recrean, reinventan y transforman con la sociedad y la cultura de la que forman parte. En definitiva, sus significados dependen del uso social.
Los soldados (profesionales en la mayoría de los Estados occidentales) juran la bandera. A las banderas estatales se les rinden honores militares. Las enseñas ondean identificando la soberanía sobre buques y edificios, y algunos textos legales sancionan actos de violencia simbólica contra las banderas, a los que califican de «ultrajes». Sin embargo, al menos en las secularizadas sociedades occidentales, las banderas nacionales han perdido gran parte de sus connotaciones más solemnes. Hoy las banderas están al alcance de gran parte de la población, suelen ser muy baratas, y la mayoría se producen en China y otros lugares de Asia, como cualquier objeto más de consumo en la economía globalizada.
Durante el Mundial hemos utilizado la bandera de España como un símbolo festivo y de gran expresividad individual y colectiva. Banderas en camisetas y en bufandas, en gorros y pelucas; mascotas con banderas; banderas anudadas al cuello, como una capa; banderolas en las antenas de los coches; y banderas en la piel, «incorporadas» en mejillas, frentes, cuellos, brazos. Algunos modelos de banderas se han personalizado con lemas («Podemos»), con logotipos corporativos y marcas comerciales, con siluetas (toros, Quijote y Sancho, y poco faltó para ver banderas con la silueta del pulpo Paul). Banderas de España, y de León, de Canarias, de Cataluña, de Asturias; y banderas republicanas, porque también la bandera tricolor es una bandera española. Conviviendo, sumando a la fiesta, sin conflictos políticos ni sociales.
Algunos titulares de periódico han añadido groseras connotaciones políticas a los resultados de la selección y a la presencia en la calle de la bandera roja y amarilla, así como ciertos políticos, como suele ser habitual, no han resistido la tentación de arrimar el ascua a su sardina ideológica. He leído y escuchado, en reportajes, artículos y tertulias, algunas ideas demasiado abstractas y prejuiciosas acerca de las banderas en general y de la bandera de España en particular. Unos, viendo en la profusión de banderas un apoyo a sus ideas sobre la unidad de España. Otros, recelosos ante el despliegue de colores a los que asignan adherencias nacionalistas. ¡Y yo no he visto nada de eso! Yo sólo he visto a gente con muchas ganas de divertirse y de pasarlo bien. Gente que celebra la victoria de un equipo de fútbol representativo de España, y que lo hace con la bandera de España. Así de sencillo. Igual que lo han hecho para apoyar a sus selecciones los portugueses, los franceses o los alemanes.
Mumford ha señalado que los espectadores desempeñan en los espectáculos deportivos el papel del coro en las tragedias griegas. Es decir, el espectador no es un sujeto pasivo, sino que participa en una especie de ritual de intensificación. Así, nos ponemos la camiseta, cantamos los goles, nos mordemos los labios en la ocasión perdida, tensamos los músculos, mascullamos, nos enfadamos cuando a los nuestros los muelen a patadas, ponemos la bandera en el balcón, saltamos, nos mojamos, brindamos, nos abrazamos, hacemos la ola y bailamos en la calle una conga. En definitiva, hacemos nuestro el juego y, si acaso, la victoria. Son acciones corporales, gestos, palabras, ocupaciones del espacio público, donde las banderas desempeñan un papel destacado, porque son uno de los elementos simbólicos más expresivos de la celebración, susceptibles de «condensar», según el antropólogo Edward Sapir, racimos de significados que permiten la liberación de las emociones.
La noche que la selección española de fútbol ganó el Mundial muchos leoneses nos echamos a la calle. Cantamos, gritamos, bailamos. En la calle Ancha hay que andarse con ojo, porque algunos vecinos baldean desde los balcones a los que, abajo, piden más agua. En una esquina de la plaza de Las Palomas, alguien ha convertido una boca de riego en una fuente improvisada, porque la de Santo Domingo ya está seca. Arty, el acordeonista ruso, toca «Paquito Chocolatero» y el «Viva España», como una supervivencia de la España cañí. La Roja (afortunado color emblemático, como la «orange» holandesa, «les bleus» franceses, la «azzurra» italiana o la «canarinha» brasileña) han movilizado a millones de españoles. Y no sólo de españoles. Gabriela, mi amiga búlgara, canta el «yo soy español», y en la plaza de Santo Domingo y en la plaza Mayor de León suena una p ercusión tocada por los mismos africanos que unos días antes vendían por las calles las camisetas rojas y las banderas de España.