De muletillas, bordones y latiguillos
Tribuna | José luis gavilanes laso
escritor
De niño, me llamaba mucho la atención en Villamor de los Escuderos oír al señor Juanito (de ascendencia cubana, apodado «Malosvinos» e inventor de una ingeniosa tobera de madera armada de puntas para desgarrar la uva), repetir y repetir en sus elucubraciones científicas ante el rústico auditorio la expresión: «vamo a pone que-¦». Después supe que este tipo de construcciones lingüísticas se llaman «muletillas», esto es, palabras o expresiones vacías de contenido o puramente accesorias para el sentido, que se intercalan mecánica y reiteradamente en la conversación, y constituyen una especie de apoyo para desatascar el discurso.
Ya entrado en la edad venerable, pues acabo de cumplir los sesenta y seis (muchas gracias), me llama la atención la obsesión de los deportistas, especialmente futbolistas con la connivencia del reportero que les entrevista, por convertir la «verdad» en muletilla: -”¡Vaya golazo, fulano, cómo la enganchaste! «La verdad es que-¦sí». O, al contrario: -”Hoy no ha sido tu día, mengano, ¿verdad? «La verdad es que-¦no». Como la verdad está siempre desnuda, cada cual la viste a su gusto. Luego «hay verdades como puños», que revientan cargadas de certeza en: «por mis muertos, que-¦» o «me caiga muerto ahora mismo, si-¦». Mas, siguiendo en esto del balompié, un gran muletillero fue el pequeño gran comunicador José María García (responsable de subir el divorcio y bajar la natalidad, por arrastrar a tanto varón tras las nocturnas doce campanadas), al que le ha inmortalizado su famoso «¡ojo al dato!». El gallego «Milo» Abilleira, que fue entrenador de la Cultural y Deportiva Leonesa (equipo condenado sempiternamente a la categoría ovina, esto es, la Segunda Beee), no transcurrían diez segundos en las ruedas de prensa después de los partidos sin que deslizase un «lo tengo claro» o, ya en estado de éxtasis, «clarísimo», pese a que no era nada clarividente para conseguir victorias.
No van a la zaga los políticos en esto de ligar bordones o latiguillos, «me explico». El pobre Adolfo Suárez dejó para los anales aquello de: «puedo prometer y prometo». Luego vino la etapa socialista de Felipe González, con aquel bordón navideño de: «Felipes Pascuas y Próspero Barrionuevo». Le siguió Aznar, más contumaz que los niños catarrosos con el: «váyase, Sr, González», hasta que las urnas, de tanto insistir, le hicieron caso. Pero la muletilla de los políticos, generalmente protocolaria y cínica, es la de: «respeto pero no comparto», porque no suele cumplirse ni lo uno ni lo otro. Y, llegados a la crisis que nos embarga, se oye por doquier lo de: «arrimar el hombro» y «con la que está cayendo»-¦, con irremisible dirección hacia la luctuosa: «por decir algo». Pero por encima de todos, Su Majestad, antes y después de «a ver si te callas», con su: «la Reina y yo-¦».
Yo me pregunto, y tal vez vosotros también, ¿por qué a un gran actor, como Charles Boyer, le han investido en estereotipo contra la verborrea?; lo digo por la manida expresión: «no te enrolles Charles Boyer» Y ¿qué me decís del magnífico actor interprete del ornitólogo presidiario de Alcatraz y de tantas otras películas?, al que han puesto de rabo en: «la cagaste, Burt Lancaster», cuando se quiere amonestar a quien ha cometido un fallo estrepitoso. No obstante, la expresión es ambivalente, pues tiene también registro encomiástico juvenil, no en «está de cine», sino en «está que te cagas». Y hablando de expresiones escatológicas, además de «esto es para mear y no echar gota», que denota gran contrariedad o cabreo, la muletilla por excelencia en el lenguaje tosco, irreverente y zahareño es la blasfemia, sobre todo aquella que apunta al Supremo, oída ante cualquier contratiempo y con más asiduidad en la partida de dominó a aquél al que le han ahorcado el seis doble.
Por despiadada persecución contra los del cilindrín prendido entre los labios, cada vez se oye menos la expresión: «dime con quien andas y te diré de qué tabaco fumas», y más «dime qué expresión usas y te diré quien eres». «Para nada», «te lo juro», «mi amor» o «cariño» son bordones o latiguillos que denotan el carácter finoli o remilgado del usuario. Quien no sabe explicarse de mejor modo o tropieza con duras entendederas, le es proverbial decir: «te lo he dicho por activa y por pasiva» (acrecéntase, a veces, por el dómine en «por perifrástica»). Quien no va directo «al grano», anda «mareando la perdiz». El que merece una respuesta contundente: «se va a enterar» (añádese, si al caso es de utilidad, «de lo que vale un peine»). Si alguien te pregunta y te satisface porque tienes respuesta para ello, le dices «¡bingo!», «esa es la pregunta del millón», aunque sólo le gratifiques con una sonrisa «de pe a pa». Y si lo que te ordenan hacer lo encuentras facilón, acostumbra a salirte sin pensar: «eso está chupao». Cansado, en fin, de que te vengan con la misma cantinela, replicas con sonrisa irónica y un montón de años menos: «porfa», «amigo mío», «no me des la barrila».
Sin embargo, las muletillas que más irritan «a un servidor» son las comerciales, por ultracursis y sobonas, como cuando la empleada, que parece haberte conocido desde el parto, te suelta: ¿Qué deseas, «mi niño»? Harto de que me pregunte la carnicera del barrio: ¿Qué te pongo, «corazón»?, no he podido aguantar más y le he respondido: No, corazón, hígado de ternera. Al día siguiente, despechada por mi hepática respuesta, me ha puesto «un morro que se lo pisa».
A las típicas muletillas de uso común: «tío», «macho», «tronco», «vale», «¿y?», «¿no?», «¿eh?», «¿lo has entendido?», «¿me comprendes?» «¿estamos?», «mira», «valga la expresión»-¦; habría que añadir las de carácter étnico, regional o nacional, como, por ejemplo: la gitana «ja», la valenciana «che», la asturiana «o», la argentina «viejo», la marroquí «paisa» o la portuguesa «pa». Pero como ha llegado ya el momento de despedirse, para terminar, «¿me dejas que te diga una cosa?», ¿sí?, pues, «hasta luego, Lucas», aunque, tú que me lees, «sabe Dios» cómo te llamas.