Diario de León
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Tribuna | antonio papell

periodista

Hace unos días, el delegado del Gobierno para la Violencia de Género, Miguel Lorente, presentó el balance del Ministerio de Igualdad sobre la violencia machista en el primer semestre de 2010. Y el dato principal es aterrador: el número de mujeres muertas por esta causa se ha incrementado en un 26%, hasta las 42 víctimas. Lorente explicó además que este último mes de julio ha sido el peor desde el año 2003 en términos estadísticos.

Se han registrado además variaciones significativas en los patrones habituales de este fenómeno detestable: el perfil de la víctima de la violencia machista ha cambiado respecto a los primeros meses de 2009: hay menos denuncias entre las fallecidas; menos solicitudes de orden de protección; menos casos de homicidio con orden de alejamiento y un aumento de los homicidios durante la convivencia. Además, se ha reducido el grado de percepción del riesgo por parte de las víctimas, de manera que éstas, «incluso admitiendo la existencia de violencia», no consideran las agresiones tan graves como para denunciarlas. «El perfil se acerca más al de una persona más mayor», ha añadido, pues se incrementa la edad media de los agresores, de 46 a 48 años; y de las víctimas, de 41 a 42 años. Por otra parte, bajan las denuncias de mujeres extranjeras que pasan a representar el 27,4% del total (frente al 45% de 2009) y aumentan las de españolas, que ya son el 72,6% (frente al 55% del año pasado). Y, finalmente, disminuyen un 15,7% las llamadas al número gratuito de atención a las víctimas de la violencia machista, el 016, lo que el Ministerio de Igualdad atribuye «al mayor nivel de información».

Este crecimiento pronunciado de una de las lacras más penosas que debe sobrellevar esta sociedad es difícilmente explicable. La ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género de diciembre de 2004, aprobada con amplio consenso, es una herramienta jurídicamente precisa y valiosa para la lucha de la comunidad contra estas reminiscencias machistas, tan arraigadas en nuestra cultura (y no sólo en nuestro país ni siquiera en los países mediterráneos: curiosamente, son los países nórdicos los que más violencia de género registran). Nunca se habían puesto, además, tantos medios a disposición del objetivo de reducir este problema: hay juzgados específicos, secciones policiales especializadas, un teléfono de emergencia, medios tecnológicos avanzados de protección -”las pulseras con GPS para localizar a los agresores-”, y existe todo un sistema de acogida, protección y reinserción de las mujeres amenazadas. Y pese a todo este acúmulo de esfuerzos, la violencia crece. El camino emprendido para combatir este baldón social parece el adecuado, por lo que no queda más remedio que insistir en él, incrementando si procede los recursos que se aplican y dando preferencia a la pedagogía y a la concienciación, por este orden.

También hay que poner en tensión todas las herramientas disponibles (los jueces se han irritado sin razón porque se les ha afeado que apenas hayan utilizado la décima parte de las 3.000 pulseras disponibles). Encuestas recientes demuestran que, entre los jóvenes, el varón duro sigue teniendo prestigio y determinadas vejaciones a la mujer se consideran irrelevantes. Es preciso, en fin, infundir en la escuela los valores de la igualdad y del respeto. Y persuadir mediante incansables campañas a las mujeres de que no deben tolerar que su pareja se convierta para ellas en una amenaza. De cualquier modo, el agravamiento del problema sólo puede atribuirse a que no se están haciendo suficientes esfuerzos, por lo que la insistencia y el tesón siguen siendo elementos indispensables para este combate que no podemos perder.

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