Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Tribuna | José Luis Gavilanes Laso

Escritor

La risa es una convulsión interna que produce di storsión de los rasgos faciales y va acompañada de la emisión de ruidos inarticulados, transcritos generalmente en un ja, je, ji, jo, ju repetidos según el sujeto y en proporción directa a la naturaleza de la causa que los provoca. Es contagiosa y, aunque intermitente, es incurable. Antiguamente, risa era en la península ibérica sustantivo masculino, por provenir del latín risum, pero desde el siglo XV, merced a que los hablantes del lado castellano comenzaron a ponerle rulos, faldas y sostén, lingüísticamente la risa se afeminó del todo. En la parte portuguesa, en cambio, por ser los lusos más respetuosos con la masculinidad de sus orígenes latinos, hoy todavía se dice o riso .

Remontándonos en la opinión a los orígenes, sentaba Aristóteles la tesis de que la risa distingue al hombre de los otros animales, a la vez que el hombre es también el único animal que tiene conciencia de la muerte. Se comprende entonces que la risa nos ha sido dada a los humanos por los dioses -”esto es, bastante antes de la reducción monoteísta-” como compensación o contrapunto a nuestro inevitable destino mortal. Pero el concepto helénico de la risa no era cualitativamente uniforme. Lo mismo que, por ser fundamental para su vida, los lapones tienen distintas concepciones del hielo, aplicando a cada una de ellas palabras distintas, el griego antiguo tenía tres vocablos para expresar la idea general de la risa o, más exactamente, tres verbos diferentes caracterizados por una tonalidad semántica especial, equivalentes a «reír», «sonreír» y «carcajear». El primero (gelao) ligábase a cierta alegría en el rostro; el segundo (meidiao) , cuando ese fulgor estaba ligeramente esbozado; en el tercer caso (kajasao) , la imagen visual del rostro daba paso a la acústica del ruido. Mientras los dos primeros términos estaban asociados a la idea de «brillo», «lustre», o cierto «resplandor» en el rostro, y tenían una apreciación positiva; en cambio, la risa «sonora» y «estridente» del tercero era siempre censurable y relacionada con lo inferior del comportamiento humano. A la cualidad hay que añadir la cantidad. Covarrubias dice en su diccionario que «el reír mucho arguye poco juicio y liviandad de corazón».

Contra lo que pudiera parecer a simple vista, la risa y el humor son cosas «muy serias». Entre lo cómico y lo trágico, como ocurre con el amor y el odio, hay extrañas concomitancias por delimitarlos una débil pared medianera. Lo alegre llega a confundirse con lo triste en ciertas situaciones frente a las cuales no sabemos si reír o llorar. Ya advierte el refrán: «De la risa al duelo, un pelo». Y, del mismo modo que se dice: «Quien bien te quiere te hará llorar», cabe decir, por el contrario, que: «Quien bien te quiere te hará reír». El gozo y el dolor brotan en el espíritu muy juntitos, como los pétalos y las espinas en el rosal. Cuenta Pedro Cieza de León, en su Crónica del Perú , que en la provincia de Paucura, vio matar hartas veces a indios sin rechistar ni pedir misericordia, y «antes algunos se reían cuando los mataban, que es cosa de grande admiración, esto más procede de bestialidad que no de ánimo». Pero también la risa tiene especial protagonismo en esa otra realidad, la virtual del «humor negro». Como cuando al pobre explorador europeo que ha sido cazado por una tribu caníbal africana y está ya dentro de la olla hirviendo a todo meter, uno de los indígenas le aporrea en la cabeza insistentemente. Entonces, otro de los menos descivilizados de la peña le amonesta diciendo: -”No le golpees más, coño, no ves que ya tiene bastante sufrimiento encima. -”A lo que el otro le replica: -”¡Joder, pero no ves que se está comiendo las patatas!

La risa en relación con lo trágico está ya en la Retérica ad Herennium (III), Cicerón la trata en De Oratore , y Quintiliano la estudia con detenimiento en las Institutiones . Durante la Edad Media la risa era un «serio» inconveniente para entrar en el Paraíso, porque estaba ligada a lo terrenal. Su naturaleza perversa y diabólica venía provocada por lo mundano, y el mundo, junto con el demonio y la carne, son, según la ortodoxia católica, obstáculos puestos en el camino del hombre para dificultar y hacer más meritorio su ascensión a la gloria eterna. En el Renacimiento se produjo un giro copernicano con relación a la risa. El espíritu humanista observó que pocas cosas eran tan humanas como reír. Los renacentistas consideraron el carácter popular de la risa y se dieron cuenta que reír era un modo de expresión para liberarse de las amarguras y de enfrentarse a la seriedad unilateral de la cultura oficial. Se retoma así la afirmación aristotélica, pero adquiriendo ahora una trascendencia social que no había tenido hasta entonces. La más famosa expresión de todo el Renacimiento se encuentra en el prólogo del Gargantúa y Pantagruel , de Rabelais: «Mieux est de ris que larmes écrire, / Pour ce que rire est le propre de l-™homme». («Escribir es mejor de risas que de lágrimas, ya que reír es lo propio del hombre»). Y Laurent Joubert publicará en 1579 el más célebre y completo tratado renacentista sobre la risa.

En la risa, como también en el lloro, hay una descarga de energía excedentaria, como señala Freud al hablar del chiste; o en palabras de Bergson, que escribió un ensayo sobre la risa, la risa (o el humor) acompaña a la inteligencia, pues es la facultad para establecer relaciones donde no las hay y para deshacerlas donde ya existen. Y, para Nietzsche, la risa es una cualidad de los hombres superiores, viendo su origen como único remedio del hombre para superar muchas amenazas y los muchos miedos que ha de sufrir en el mundo.

Hay un sentido intrascendente y un sentido trascendente de la risa. El auténtico humorista no busca la risa en sí, la risa per se , esto es, con un único punto de arranque y de llegada. Eso es propio del simple chistoso, del bufón, del gracioso, del ocurrente. El objetivo primordial del verdadero humor no es la pura diversión de un público poco exigente, expresada en el juego de palabras, equívocos, retruécanos, chistes, exageraciones, despropósitos, o situaciones hilarantes y disparatadas al servicio de la pura evasión y de la carcajada. Si bien estos elementos cómicos pueden ser utilizados en situaciones verdaderamente humorísticas, cuando no tienen un fin en sí mismo y sí una cierta trascendencia moral, social o política, el genuino humorista los utiliza de un modo diferente, esto es, con un objetivo fundamentalmente crítico, provocando una risa que haga pensar. Y acude a lo cómico, a lo que produce risa, como recurso para popularizar y hacer más comprensible la filosofía que expone. Ahora bien, cuando partiendo de lo cómico sólo se busca la risa, sin finalidades pensativas posteriores, no hay humor. Así como el acto sexual no persigue ni se centra ni acaba exclusivamente en procrear, así también la risa no basta por sí sola para producir humor. Lo que me obliga a hacer en una próxima entrega de opinión una reflexión sobre este fenómeno tan íntimamente ligado a la risa como es el humor.

tracking