Diario de León
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Panorama | antonio papell

Con vistas al arranque del curso político, Rajoy ha querido lanzar un mensaje programático amplio para eludir por adelantado la acusación de que su intención es sentarse a esperar, sin cometer errores abultados, a que su adversario caiga carcomido por la crisis, lo que le permitirá llegar cómodamente a La Moncloa sin mayor esfuerzo.

El programa en cuestión es poco estimulante: se limita a incluir una suma de lugares comunes y medidas voluntaristas que firmaría sin duda cualquier conservador y cualquier socialdemócrata si no tuviera que sacar al país de una descomunal crisis económica. Rajoy propone bajar impuestos y elevar salarios reales para reducir el esfuerzo fiscal, rebajar el impuesto de sociedades y los módulos de los autónomos, bajar el impuesto sobre el ahorro, acentuar la reforma laboral, conseguir un pacto energético «con centrales nucleares», llevar a cabo una «reforma administrativa de acuerdo con todas las comunidades», reformar el sistema financiero, reformar la Justicia y plantear «un sistema mucho más exigente» en Educación. Todo un verdadero esfuerzo de imaginación y un alarde de ingenio, que no se apoya en estudio económico alguno. No debería ser preciso recordar que en la Alemania de Merkel, donde la mayoría conservadora ha de apoyarse en el liberal FDP, la canciller ganó las elecciones con un programa que incluía una radical bajada de impuestos que ha debido aplazarse por la crisis. Ni que el ajuste consensuado por la Unión Europea en la Eurozona está obligando a todos los países a revisar al alza la fiscalidad.

Ni que nuestro país, después del estallido de la burbuja inmobiliaria, se ha quedado con una presión fiscal del orden del 30%, siete puntos más baja en 2007, lo que nos plantea un arduo problema de falta de recursos públicos Ni que el PP ha rechazado, por razones ideológicas poco defendibles, un pacto educativo sensato, ofrecido por el ministro Ángel Gabilondo, que pretendía establecer un sistema «más exigente» que no estuviera sometido a los vaivenes de la alternancia.

En realidad, nada de lo dicho sorprende ya que en la UE comienza a ser una gozosa realidad la convergencia de las políticas económicas, sin la cual el euro podía haber llegado a ser una frágil entelequia. En otras palabras, las grandes líneas de avance vienen dadas por el consenso mayoritario establecido en Bruselas y los márgenes de discrecionalidad de los gobiernos son escasas. De ahí que las recetas para la salida de la crisis, basadas en dolorosos ajustes, sean idénticas y equivalentes en el Reino Unido y en España, en Francia y en Italia, en Alemania y en Portugal. Es bien patente, en fin, que las inclinaciones ideológicas ceden al pragmatismo de la supervivencia. Y que se hace visible la indiferenciación que ya anunció Eugen Weber: «Derecha e izquierda se han convertido en una cuestión de opinión, no de hecho; en un problema de gustos, no de definiciones».

Lo que se dirime, en fin, y lo que se dirimirá en las próximas elecciones, no es un dilema entre idearios sino qué equipo de poder es más competente para gestionar el país. Lo que debe hacer, pues, Rajoy no es intentar deslumbrar con ideas que no tiene sino tratar de demostrar que su partido es más capaz que el actual gobierno de imponer los grandes criterios, tiene más sentido del Estado y más lúcidas propuestas. Y sobre esto, sigue abierto -”lo acreditan las encuestas-” un inmenso mar de dudas.

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