Diario de León
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Panorama | antonio papell

La continuidad de la legislatura depende de que el Gobierno consiga que se aprueben los presupuestos generales del Estado para 2011, para los que apenas puede contar con el voto decisivo del PNV, capaz de aportar los siete votos que, junto a los 169 del PSOE, forman la mayoría absoluta. En esta ocasión, es prácticamente imposible recabar el apoyo de CiU porque los nacionalistas catalanes están en campaña electoral en Cataluña y aspiran a derrocar al -˜tripartito-™ encabezado precisamente por el PSC. Y el PP, lógicamente, no va a facilitar las cosas al Gobierno, aunque resulte extravagante afearle que se disponga a negociar con el PNV. El valor de los votos del PNV es, pues, muy elevado en esta ocasión ya que en su mano está nada menos que la anticipación de las elecciones generales, que no parece que sea una buena idea ya que parece razonable dedicar ahora todos los esfuerzos en la salida de la crisis y no abrir un largo paréntesis de provisionalidad e incertidumbre. Y ya ha comenzado en los medios -y en los despachos- la prenegociación, bien poco tranquilizadora. El PNV exige, además de las transferencias pendientes para el País Vasco, una puerta abierta para realizar en el futuro una consulta semejante a la que pretendía Ibarretxe con su famoso plan. En otras palabras, el nacionalismo vasco solicita concesiones soberanistas a cambio de sus votos al presupuesto público de 2011.

La reacción general a esta exigencia tan heterogénea es de irritación. El PNV supedita su apoyo a la estabilización económica española, que le afecta bien poco -”en Euskadi rige el concierto-”, a una serie de intereses particulares que ni siquiera son apoyados por la mitad de la sociedad vasca. Evidentemente, este comportamiento, si se mantuviera hasta el final de la negociación, daría alas a quienes piensan, con argumentos sólidos, que las formaciones nacionalistas deberían tener representación en el Senado -”la cámara territorial-” pero no en el Congreso -”la de los intereses generales-”. Una idea que últimamente ha adquirido de nuevo presencia y beligerancia.

Así las cosas, el nacionalismo periférico no debería jugar con fuego si no quiere alentar el fantasma de una grave insolidaridad. El trueque lógico consiste en intercambiar el apoyo del PSOE a los presupuestos de las diputaciones vascas -y el compromiso de no descabalgar al PNV en la de Álava, donde está en franca minoría- por el respaldo del PNV al Gobierno en el trámite presupuestario del Estado. Si acaso, se puede negociar también el criterio de que, tras las municipales vascas, gobierne en cada localidad la lista más votada, no extrapolando por tanto el pacto PP-PSOE que tiene sentido en la comunidad autónoma pero no tanto en las instituciones locales. Y nada habría que objetar a que se negociaran algunas transferencias pendientes, siempre que no se lesionen ni los principios constitucionales ni los pactos existentes.

Todo indica que para llegar a estos territorios de sentido común hará falta soportar un forcejeo indecoroso en términos maximalistas. Y no es razonable que así sea porque el PNV, que está sobrellevando con elegancia su descabalgamiento de Ajuria Enea, se volvería montaraz si cayera en la trampa de chantajear al Estado. Entiéndaseme bien: está en su derecho de precipitar unas elecciones anticipadas, pero no de supeditar esta eventualidad a exigencias descabelladas.

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