Diario de León
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Panorama | antonio papell

LLa silla vacía de Rodríguez Zapatero en Rodiezmo, explotada por la oposición como la prueba fehaciente del engaño del líder socialista a sus bases, ha sido en realidad el último capítulo, evidentemente improvisado por las partes, de la difícil adaptación de la socialdemocracia al escenario de la globalización. Con anterioridad, González ya había excluido el marxismo del ideario de la formación. Y Rodríguez Zapatero tuvo que buscar fuentes doctrinales nada menos en la izquierda norteamericana. El republicanismo de Philip Petit fue el nutriente de la primera legislatura de ZP, quien ya era consciente entonces de que la nueva izquierda occidental tenía que abandonar los viejos conceptos que giraban en torno de la redistribución de la riqueza para adoptar el criterio de que la igualdad en el origen ha de buscarse por la vía de unos servicios públicos universales, de calidad y gratuitos. Y en cuanto al tamaño del Estado, el PSOE ulterior al 2000 ya no era dogmático: por razones de eficiencia económica, había que aceptar la tesis del Estado mínimo, aunque suficiente para mantener un estado de bienestar capaz de impedir la exclusión social y de sostener con dignidad a los inválidos y pasivos.

En la práctica, sin embargo, el PSOE seguía siendo un partido obrerista, incluso después de que los sindicatos de clase empezaran a convencerse de la necesidad de su despolitización y profesionalización. Cuando Nicolás Redondo, líder de UGT, abandonó su escaño de diputado en 1987, tras votar en contra de los presupuestos generales del Estado del año siguiente, escenificó la ruptura que permitía la modernización de ambas organizaciones, partido y sindicato. Sin embargo, continuaba una estrecha familiaridad, que durante un largo período de tiempo impidió a Zapatero, por ejemplo, proponer reformas de la legislación laboral que no procediesen de la concertación social. Esta -˜parcialidad-™ de los gobiernos socialistas a favor de uno de los términos del diálogo social impidió que nuestro país se dotase a tiempo de un marco de relaciones laborales homologable con los de nuestro entorno, ya que durante las dos legislaturas de Aznar los sindicatos se opusieron con furia a cualquier cambio, y convocaron una ardorosa huelga general al menor signo de que Rato osaba intentar la transformación del sistema.

Las crisis, siempre ambivalentes, ofrecen oportunidades de reforma que serían impensables en momentos de prosperidad. Y nuestra recesión ha impulsado unos cambios siempre aplazados que este país necesitaba para subirse al carro del desarrollo europeo, basado en actividades de elevado valor añadido y en la consiguiente conquista de la productividad. Así, la reforma laboral, frenada sistemáticamente por los sindicatos, será una gozosa realidad pasado mañana, tras la decisión gubernamental de prescindir del imposible consenso social y buscar el acuerdo parlamentario. La huelga general del día 29 no frustrará el empeño, entre otras razones porque la propia opinión pública es consciente de que la reforma es inexorable: una encuesta publicada el domingo reflejaba que el 73% de los ciudadanos piensan no secundar la convocatoria de huelga. En definitiva, la silla vacía de Rodiezmo es un signo de renovación que marca el fin de una era y fuerza el interclasismo, real y no sólo no retórico, del centro-izquierda, que requería esta mudanza para terminar de adaptarse a los tiempos que corren.

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