Diario de León
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Panorama | antonio papell

La Ocde acaba de publicar su análisis anual, Education at a glance, extendido a los 33 países miembros, y que aquí se ha traducido como P anorama de la educación 2010 , que en realidad hace referencia al curso 2007-2008, y que mantiene para España el diagnóstico negativo, a pesar de que se advierten síntomas de mejora. El dato más relevante del análisis en lo tocante a España es, como cada año, la insuficiencia de la partida presupuestaria dedicada a la educación, que sigue siendo de los más bajos de Europa: el 4,3%, por debajo de la media de la Ocde (el 5,2%), y de la Europa de los 19 (el 5,3%), y muy lejos de los países con mejores resultados educativos, como Finlandia (5,9%), Suecia (6,7%) y Noruega (6,8%). Ya se sabe que en este ámbito, y dentro de ciertos límites, no existe una relación directa estricta entre inversión pública y resultados (intervienen muchos otros factores en la calidad de la educación), pero es fácil de entender que es imposible aspirar a la excelencia si no se efectúan las aportaciones públicas necesarias.

La existencia de este déficit crónico inhabilita el tantas veces mencionado proyecto de cambiar nuestro modelo de desarrollo, por el procedimiento de sustituir los viejos y gripados motores del crecimiento -”construcción y demanda interna-” por actividades de mayor valor añadido, basadas en una mayor productividad. Ésta requiere mejor material humano, es decir, trabajadores más formados, lo que exige un mayor esfuerzo del sistema educativo. En definitiva. si no se da preferencia a la educación en las cuentas públicas, todo este desarrollo teórico carece de sentido, lo que nos abocará a una dilatada etapa de mediocridad, de crecimiento débil y de elevado paro estructural. Pese a que todo esto es obvio, el Gobierno ha preferido de nuevo mirar hacia otra parte y ha destacado los elementos positivos del informe: ha crecido con rapidez el porcentaje de jóvenes que siguen estudiando tras concluir la etapa obligatoria y se ha reducido el de jóvenes que abandonan los estudios posobligatorios antes de terminarlos; España se ha situado en la media de la UE y de la Ocde en continuidad en los estudios, etc. Sin embargo, se prefiere no ver otros datos negativos como el alto porcentaje de fracaso escolar -”el 35% de los alumnos no consigue acabar la ESO frente al 31% de Italia, o el 23% del Reino Unido-”, o el hecho de que el 44% de los jóvenes graduados universitarios desempeña trabajos que requieren menor cualificación profesional, muy por encima de la media de la Ocde que es del 23%. Este último dato es fácil de entender si se tiene en cuenta el desprestigio y la falta de implantación de la formación profesional y la insuficiencia de demanda de estudios de grado medio. En lugar de negar la evidencia, este país debería replantearse de una vez por todas el crónico problema educativo. Es lamentable que no haya sido posible concluir un pacto PP-PSOE sobre la materia, que debería ser el fundamento de un esfuerzo persistente, basado en un esfuerzo cuantitativo y cualitativo que necesariamente ha de prolongarse en el tiempo. Porque no sólo está en juego el nivel intelectual de este país, que ya es un objetivo importante, sino también el desarrollo socioeconómico futuro tras una crisis que ha puesto descarnadamente de manifiesto los pies de barro de nuestra evolución en las últimas décadas.

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