El pez descerebrado
Con viento fresco josé a. balboa de paz
En El elogio del imbécil , libro entre la ciencia etológica, la ironía socarrona y el humor negro, el italiano Primo Aprile sostiene que en el largo proceso evolutivo humano, la inteligencia jugó al principio de los tiempos un papel muy importante para sobrevivir y progresar, pero ya no es necesaria. La inteligencia es una antigua lla peligrosa para la actual sociedad jerárquica y burocrática. La supervivencia de nuestra especie, y la del hombre-masa que la integra aún más, depende ahora de la imbecilidad. Por eso triunfan no los inteligentes sino los imbéciles, y los sistemas burocráticos tienden, desde la escuela, a difundir la estupidez. «Lo que sostiene las estructuras sociales y garantiza su futuro es precisamente la estupidez, dice Aprile. Los sistemas burocráticos, por tanto, pese a la mala imagen que se suele tener de ellos, desempeñan una función positiva, pero no a pesar de, sino precisamente porque multiplican el número y el poder de los tontos».
Aprile, como ya hiciera antes el historiador Carlo M. Cipolla en otro luminoso libro sobre la estupidez humana, se atreve a fundamentar su exposición en cinco leyes, que formula así: «El imbécil sobrevive. El genio se extingue», «el hombre moderno vive para volverse tonto», «la inteligencia actúa en beneficio de la estupidez y contribuye a su expansión», «la imbecilidad sólo puede aumentar» y «la unión no hace la fuerza sino la imbecilidad». Tales leyes, que explica pormenorizadamente, suponen que el aumento progresivo de la estupidez alcanzará inexorablemente cotas cada vez más elevadas. No hay que temer nada por ello, pues la evolución, si ha funcionado bien hasta ahora -”sea teleológica o actúe sencillamente al azar-”, debe saber lo que se hace y, por tanto, hay que suponer que lo seguirá haciendo. La estupidez es lo que nos conviene, y no la inteligencia y los inteligentes que dicen gobernarnos.
O quizá no lo sabe y los que nos gobiernan no son ininteligentes sino son como el pez de Erich von Holts, ilustre discípulo de Konrad Lorenz. Según Aprile -”desconozco si nos toma el pelo o son ciertos los resultados de la investigación de aquél-”, Von Holts estudió el comportamiento de bancos de un tipo de peces diminutos que se mueven en busca de comida. Cuando, alguna vez, uno de los peces abandona el grupo y nada en dirección distinta, al cabo de un rato suele mirar hacia atrás: si le siguen algunos continúa su marcha en busca de comida, de lo contrario regresa al grupo. Von Holts extrajo a uno de ellos la parte anterior del cerebro, en el que se localizan las funciones que gobiernan las funciones sociales, de grupo. El pez se comportaba exactamente igual, excepto cuando se separaba del grupo, pues en este caso no volvía la vista para mirar si le seguían o no. Con frecuencia, el grupo le sigue. De este modo, ironiza Aprile, el único pez descerebrado se ha convertido en el jefe del grupo, precisamente como consecuencia de su defecto. Dicho pez va con gran resolución, porque justamente no sabe a donde va, y antes o después llevará al grupo hasta la boca de un depredador. Entonces ocurrirá la tragedia.
El ejemplo del pez descerebrado es una metáfora luminosa de la vida política de nuestro país, especialmente en estos últimos años. Muchos políticos, aunque con aparente resolución, parecen peces descerebrados que dirigen el rumbo hacia ninguna parte, o mejor, hacia el abismo: desastre económico, disolución de las relaciones sociales, desvertebración política. La mayoría de los ciudadanos, a tenor de las encuestas, parece estar contenta con el rumbo que siguen las cosas. El grado de inconsciencia colectiva alcanza ya el paroxismo, quizá producto de un escepticismo y nihilismo cada vez más generalizado en el hedonismo de una sociedad desnortada. No sé si, con Aprile, la estupidez es el final inexorable de la evolución humana, o simplemente algunos nos toman al común de los mortales por tales; pero en todo caso parece difícil corregir el rumbo sin un rearme ideológico y moral de la sociedad. Nos faltan líderes.