En la picota
Al margen | fermín bocos
Vivimos en tiempos de paradoja. Los sindicatos han convocado una huelga general contra la reforma laboral decretada por el Gobierno, pero la réplica a esta decisión -y de paso a su función como defensores de los derechos de los trabajadores y a su misma existencia como sindicatos- no les alcanza desde las baterías m ediáticas zapateristas. El fuego graneado parte desde las trincheras conservadoras o neoliberales que les pasan ahora factura por la política de apaños que mantenían las direcciones actuales de los sindicatos -señaladamente la de UGT- con el Gobierno. Es evidente que de aquella deriva se desprende parte del descrédito actual de los sindicatos entre muchos trabajadores que no comprendían el silencio de Méndez y Toxo ante la crisis y el crecimiento geométrico del número de parados. Por eso recibieron un toque de atención cuando convocaron al paro a los funcionarios y se quedaron poco menos que solos. Por otra parte, en las comunidades donde gobierna el PP es evidente que actúan como refuerzo político del PSOE. El caso de Madrid es revelador: allí donde Esperanza Aguirre inaugura algo, allí que la aguarda el oportuno piquete de sindicalistas... liberados. Aguirre tiene, pues, muy fresca la memoria de todo lo que concierne a ese mundo y quizá por eso quiere saber cuántos sindicalistas viven a costa del erario. Saberlo, con intenciones jívaras. Desde luego, esa cifra no debería ser un secreto.
En esta comedia todos tienen sus papeles y razones. Los errores de las direcciones sindicales están a la vista, pero, sentado eso, hay que añadir que los sindicatos son necesarios. Sin ellos actuando como contrapeso en las relaciones laborales volveríamos a los tiempos de Dickens. ¡Ojo, pues, con la dosis de palo! No vaya a ser que al quitar al tapón, con el agua sucia, se vaya, también, el niño por el sumidero de la bañera.