Diario de León
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El corro | pedro vicente

A l evocar la figura de José Antonio Labordeta uno no puede por menos que sentir cierta envidia de los aragoneses, que han tenido la fortuna de encontrar en él un referente común que ha contribuido como nadie a reconocer unas señas de identidad colectiva. Labordeta, un tipo íntegro de los pies a la cabeza, ha sido muchas cosas y todas ellas trascendentes a su nivel, profesor, poeta, cantautor, diputado.., facetas todas ellas ejercidas cabalmente bajo la misma mochila de la dignidad personal y el compromiso social. Pero aunque su obra ha trascendido ampliamente el terruño aragonés, desde que comenzó a cantar a su tierra hasta que terminó representándola en el Congreso de los Diputados, ha encarnado por encima de todo la voz y el alma de Aragón.

Los aragoneses no tendrían ni la autoestima colectiva ni el Estatuto de Autonomía que tienen -por supuesto, más avanzado que el de Castilla y León- sin la aportación de Labordeta a la primera y de su formación política, la Chunta Aragonesista, al segundo. La existencia de dos partidos aragonesistas con representación parlamentaria (el otro es el Partido Aragonés Regionalista) se ha dejado notar siempre tanto en la política interna aragonesa como en Madrid.

En las siete legislaturas autonómicas (28 años) de la comunidad de Castilla y León, solamente dos fuerzas políticas de ese corte han conseguido representación en el Parlamento Autonómico. Y ambas con una concepción territorial completamente divergente: la Unión del Pueblo Leonés y Tierra Comunera, añorante de la gran Castilla histórica que se extendía desde Cantabria a Requena. Aunque su procurador, Carlos Rad, realizó un papel más que digno, la presencia de Tierra Comunera (TC) se limitó a una sola Legislatura (99-2003), sin conseguir escaño en ninguna de las elecciones posteriores.

Pese a ello, con ocasión de la última reforma del Estatuto de Castilla y León, la ponencia parlamentaria ofreció a TC, al igual que a IU, la posibilidad de exponer sus planteamientos. Fue un gesto hacia la galería, ya que tanto las posiciones de TC e IU como las de UPL fueron completamente ignoradas por PP y PSOE, que se guisaron ellos solos esa reforma estatutaria con un consenso igual de excluyente en Valladolid que en Madrid. La anécdota de ese proceso fue ver al diputado por Zaragoza José Antonio Labordeta defendiendo (naturalmente sin ningún éxito) las enmiendas de Tierra Comunera, a la que prestó su generosa voz en el atril del Congreso de los Diputados. Creo recordar que luego en el Senado un representante de Coalición Canaria hizo lo propio con las enmiendas de la UPL (obviamente con idéntico resultado nulo).

Entre otros efectos democráticamente nocivos, es evidente que el bipartisdismo PP-PSOE, además de empobrecer el debate político, no contribuye nada a fortalecer el sentimiento de comunidad. Lo hemos visto claramente en esta última legislatura, donde la renuncia de Joaquín Otero y Héctor Castresana a sus postulados leonesistas para alinearse con el PP ha deparado en la práctica ese reduccionismo bipartidista. Ni Cas tilla ni León han tenido nunca un Labordeta. Y así nos ha ido y nos va.

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