Diario de León
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Canto rodado | ana gaitero

Médica, ministra, jueza, concejala... miembra... Dicen que hay palabras que en femenino suenan mal, torticero argumento de quienes ven en la diferenciación de los géneros masculino y femenino una amenaza al androcentrismo reinante. Con frecuencia invocan al diccionario de la Real Academia de la Lengua como la Santa Biblia de las palabras. Pero la máxima autoridad en la lengua da feliz acogida a femeninos tan chocantes, y hasta insultantes, como varona. Dícese de la «mujer varonil». Acabáramos. La lengua no chirría si conviene a la autoridad .

Varón, en cambio, alude al hombre que ha llegado a la edad viril, al hombre sensato y de respeto, con autoridad y otras prendas. Hay además santos varones, buenos varones y varones de Dios. Las mujeres, en el diccionario, somos mujeres o prostitutas, a lo sumo esposas, en las más variadas acepciones: mujeres de, o sea casadas, mujeres de campo, del arte (prostitutas), del partido o de punto (prostitutas), de gobierno (criadas), de su casa, fatales, perdidas o públicas (prostitutas), mundanas (más de lo mismo), pobres mujeres (de cortos talentos y pocas habilidades), mujer objeto y, en los mejores casos, toda una mujer (con valor, firmeza y fuerza moral) o de digo y hago (fuertes, resueltas y osadas).

Las palabras no son baladí. Modelan el pensamiento y la realidad. ¿Se puede admitir en el siglo XXI que una mujer del arte sea tildada de meretriz o una mujer pública no sea equivalente en el significado a un hombre público? El diccionario, en lo tocante al género, canta como un carro chillón, pero sin el encanto de esta reliquia etnográfica todavía fuera del gran libro de las palabras. El diccionario vive en otro tiempo, como evidenciaron las jornadas sobre género y lenguaje que la Concejalía de la Mujer celebró en el Palacio de Don Gutierre. Dese una vuelta por su glosario y viajará en el tiempo. Toda una aventura.

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