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León

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La aspillera | vicente pueyo

Decía Adam Smith que «el trabajo es el padre de la riqueza y la naturaleza su madre». Hermosas y blancas palabras pero la realidad que nos circunda es mucho más negra. O al menos, -lo estamos viendo estos días-, está llena de contrastes y claroscuros. Ahí está esa red de blanqueadores de dinero pringado por la droga que escogió el microclima berciano como apacible lanzadera desde la que colocar en Bolivia, limpios como una patena, cinco millones de euros (o quizá más, quién sabe). La elección de Ponferrada, seguramente por razones «logísticas», delata hasta qué punto el negocio de la droga se expande como el aceite o como ese espantoso vertido tóxico que ha teñido de rojo una extensa superficie en Hungría y amenaza el Danubio azul.

Llama la atención que ese tráfico de vil metal circulara por Ponferrada pero, no menos, observar esas dos caras que exhiben las entidades bancarias -otra vez el blanco y el negro- según se trate de cosechar dinero fresco o de socorrer con un magro crédito a quien de verdad lo está necesitando como el comer. Del «estupendo, bienvenido» al «vamos a ver, siéntese, quién es usted, papeles, bienes...» media un negro abismo. Un abismo en el que intentan sobrevivir miles y miles de ciudadanos de a pie con su economía más que maltrecha y e sa legión lacerada de los empresarios autónomos que lo único que alcanzan a blanquear es su estupor cotidiano.

Que de vez en cuando caigan algunos de e stos profesionales del detergente monetario es un alivio, pero sólo un alivio. No son más que la punta de un iceberg de azabache. Con anterioridad a la entrada del euro se difundió el dato -quizá ya perfectamente obsoleto- de que el 30 por ciento de la masa monetaria en circulación era «negra», léase fraude fiscal, corrupción urbanística, tráfico de armas, tráfico de drogas... Todo un capítulo presupuestario de un gris subido que no habla muy bien de la catadura de la sociedad que hemos construido.

Pero hay más contrastes y más claroscuros. Ayer mismo, coincidiendo con la vuelta a la normalidad en las minas leonesas, el ingeniero leonés César Dopazo, asesor de la Dirección General de Energía de la Comisión Europea, ponía negro sobre blanco su visión sobre el futuro del carbón español. No hubo medias tintas, lo suyo era un aguafuerte: el futuro debe alejarse del carbón y debe ir hacia las energías renovables y hacia la nuclear. Y de paso propinaba un varapalo a los políticos por no haber abordado, en tiempo y forma, una adecuada reconversión del sector minero. Y otro brochazo en negro: Dopazo no ve futuro alguno al almacenamiento de CO2, ni como consumo, ni como generador de energía.

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Se habla de estas cosas en el Congreso Nacional de la Energía que se celebra en Valladolid. Con un poco de suerte igual nos aclaran de paso cómo deben entenderse, con la que está cayendo y la que se avecina, todas esas inversiones realizadas y previstas para investigar en el Bierzo la combustión limpia del carbón. ¿Qué carbón? Este sí que es un lienzo muy negro que se hubie ra podido encargar a Goya o a Manuel Viola. Pero hace años que ellos lo ven todo blanco, allá arriba.