Diario de León
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Al trasluz | eduardo aguirre

Si el carisma se vendiera en los supermercados, los políticos irían cada día a hacer la compra. «¿Ese carisma de ahí es de hoy? Pues póngame dos toneladas, que tengo campaña». Todo se andará, pero hasta entonces cada cual debe conformarse con el que la tocado en la lotería genética, aunque siempre haya quien esté dispuesto con el suyo a intentar darle el timo la estampita a los electores. No es el caso de Javier Chamorro, secretario general de la UPL, quien en una reciente entrevista publicada en Diario de León reconocía no ser un líder carismático. En efecto, no es el Bisbal del leonesismo, ni falta que le hace.

En la mayoría de los casos, el carisma político se reduce a calzar una autoestima varias tallas mayor a la que por méritos objetivos corresponde, en definitiva, a lo que en esta columna llamamos la cogorza del ego. Hubo un líder leonesista que todas las declaraciones las hacía como si acabara de recibir un cortocircuito, aunque sus chispas verbales terminaron siendo de mechero barato. Lo de Chamorro pertenece a otro registro menos estridente, pero más eficaz y favorecedor de la convivencia. No comparto sus anhelos secesionistas, pero justo es reconocerle que ha contribuido a modernizar el leonesismo, a desligarlo de la vehemencia facilona que lo lastraba, sin por ello haberlo desfigurado, aunque supongo que habrá quienes le pidan más veneno. Un angelito tampoco es. Se jacta de haber cortado cabezas. «Sé que tengo otras virtudes, pero no soy carimástico», admitió sin letanía. Quien esto escribe ya no admira otro carisma que la virtud, pues el resto termina quedándose en autobombo o en marketing. «Fresquito lo tengo, carisma político, fresquito», anunciará algún día el pescadero, y muchos acudirán al anzuelo. Pero me da que a Chamorro no lo ve remos en esa cola.

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