La opinión del lector
Arboleda igual a hermosura
C ada mañana admiro nuestro Bernesga. Nuestro río provinciano y a la mente acuden algunos ríos: Esla, Sil, Órbigo o el Tremor, último por el que paseé contemplando su escaso caudal libre de los residuos carboníferos disfrutando de la transparencia del agua que permitía contemplar el tamaño, el color de sus piedras y la variedad de sus especies acuáticas y el escaso cangrejo. En tal hermosura contemplo las regueras o brazos del río que el agricultor aprovecha para el crecido de sus frutos. En sus mimbreros, salgueros y diversidad de arbustos descubrí nidos con los que en su parte baja construye la carriza y me enternecía ver a los polluelos abrir sus picos para recibir el alimento que sus padres depositan. Los trinos de otros muchos alegraron una vez más el lugar. Siempre encontré necesaria la presencia de matorrales de donde procede toda flora que, además de adornar, facilita la habitación de las aves. A lo lejos la larga hilera de repetidas curvas de altos chopos, nos revelan que el permanente caudal de unas aguas sigue lamiendo en las montañas siglo tras siglo para formar la hoz y, en la larguísima llanura, refresca los frutos y prodiga la necesaria sombra que tanto imploramos a veces. Destruir la arboleda con la disculpa de ver más allá... ¿ver qué? Arrancar árboles y después recomendar: «Cada niño, un árbol».
El ser humano puede hacer grandes obras; pero jamás una planta o flor. La semilla la facilita la naturaleza y ésta la facilitó Dios otorgándonos lo que venimos nombrando: Naturaleza. Pódese si es necesario pero jamás destruir un arbusto. Dejémosle crecer y multiplicarse para todos los fines legales; pero nunca para el fin prematuro.
Santiago F. Benavente. LEÓN