EL AULLIDO
Llamas
M odesto Llamas Gil (León, 1929) estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando cuando esa universidad en ciernes era para la pintura lo que la Residencia de Estudiantes fue para la literatura. Codo con codo y en la misma clase se formó con algunos de los que serían los mejores pintores españoles del siglo XX como Lucio Muñoz y Luis Feito, y compartió el despertar creativo con otros como por ejemplo Antonio López, que era pocos cursos más joven.
Allí, en contacto directo con el germen de la «escuela madrileña», el «Grupo El Paso» y el «neohiperrealismo español», fue ponderado por profesores que hoy pertenecen al sagrado olimpo de nuestra historia del arte como Lafuente Ferrari, Saenz de Tejada y Vázquez Díaz, destacó por sus facultades para el dibujo, se enamoró, conoció personalmente a Dalí y asistió a la famosa conferencia donde el célebre surrealista pronunció la repetida frase: «Picasso es un genio, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco»... Allí se convirtió en un asiduo copista del Museo del Prado y la Casa Sorolla, se licenció con rapidez y brillantez, y -acaso eso es lo único que le aleja de su generación- regresó a León para ser acomodado catedrático y maestro de generaciones mientras sus compañeros, los que se quedaron, pasaban hambre y sed de justicia y pintaban a tiempo completo en esa ciudad que les laceró, les puso a prueba, les seleccionó y les catapultó.
En esta ciudad fue creando una intensamente académica obra artística, centrada en el paisaje y sobre todo el retrato, mediante la cual quiso desenmascarar con belleza esa gran mentira que es la obviedad. Primeramente fue haciendo gala de su sólida formación en cuadros repletos de contrastes luminosos y complejidades claroscuras. El virtuosismo de indagación psicológica de su mirada unido a una técnica depurada que integra los elementos procedentes del arte abstracto le convirtieron en el retratista oficial de las instituciones leonesas y en uno de los retratistas de referencia de el país, pero el libertario que llevaba dentro le hizo evolucionar en secreto. Y es que, aunque su semblante de hombre bonachón subrayado por un bigote sin ínfulas da idea de su talante posibilista y templado, dentro de él siempre ha latido, sin emerger vitalmente, la libertad de las vanguardias. Empezó por eso ya hace años como quien vende misterios a retratar no sólo personas sino también pasiones terrenales mediante cuadros casi abstractos que nos enseñan, más allá de la obviedad, no sólo a echar un vistazo sino a fijarse con detenimiento, a indagar y a intuir. Por eso, sea en forma de retrato o de sólido arte abstracto, la obra de este creador extraordinario, complejo, desconcertante y siempre desestructurador es siempre un más allá de lo obvio. Ayer inauguró su última exposición en Ármaga. ¡No se la pierdan!