Diario de León
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ENRIQUE JAVIER DÍEZ GUTIÉRREZ. PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE LEÓN
León

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D urante muchos años Irlanda estuvo de moda y era el «ejemplo» que se ponía a los demás países. «Bogotá está muy interesada por el modelo irlandés» (Wall Street Journal, 25 marzo de 2008). «Sólo veo ventajas en el modelo irlandés», una «auténtica historia de éxito» que envía «un mensaje a Francia», declaraba entusiasmado el Primer Ministro francés Raffarin. Una publicación oficial del gobierno lituano anunció que Vilnius se fijaba como objetivo «reproducir el escenario de crecimiento económico irlandés». El partido conservador británico exigía «observar y aprender de lo que está pasando en la otra orilla del mar de Irlanda». De la derecha letona al Consejo Nacional de la patronal hondureña, del Partido Republicano estadounidense a la Cámara de Comercio americana-uruguaya, por todas partes la misma observación: «El modelo irlandés es una estrategia que puede funcionar en otros países, independientemente del momento o de la zona geográfica». En los medios de comunicación todos coincidían en que el «milagro irlandés» era consecuencia de reformas de naturaleza liberal, siguiendo las recetas neoliberales del Fondo Monetario Internacional.

Como analiza el catedrático de economía Juan Torres, su política de bajos impuestos sobre el capital y las grandes fortunas (casi la mitad de la media europea), la amplia liberalización de la actividad económica basada en continuas privatizaciones, los recortes salariales y las enormes exenciones fiscales y facilidades a los capitales para que pudieran actuar a su antojo se presentaban como la clave de su éxito y lo que debería hacer cualquier otra economía que quisiera ser tan próspera y dinámica como el «tigre celta» de entonces. Claro que se estaba hablando de un éxito que solo se medía por el incremento vertiginoso del Producto Interior Bruto (lo producido por este país y que algunos acumulaban) pero no en disminución de las desigualdades o de la brecha del estado de bienestar del país respecto a la media europea. Los gobiernos conservadores de Irlanda facilitaban la actividad de los bancos que se dispusieron a crear deuda y a financiar la actividad especulativa sin freno. Sabían que, como en toda Europa, los Estados saldrían a «rescatarlos» con el dinero público de los impuestos de la ciudadanía, en caso de que sus operaciones de alto riesgo fueran un fiasco.

En realidad, lo que estaba haciendo Irlanda no era otra cosa que aplicar como un alumno aventajado las políticas neoliberales de ajuste estructural que el Fondo Monetario Internacional venía proponiendo desde hacía años para favorecer el incremento de las rentas del capital. Y por eso el Fondo aplaudía lo que se estaba haciendo allí afirmando que sus políticas económicas ofrecían lecciones útiles a otros países. Por eso no fue ni mucho menos una casualidad que el alumno europeo que aplicó los planes de austeridad con tanto ahínco como respuesta frente a la crisis, padezca una crisis ahora aún más profunda.

En realidad, Irlanda es en estos días una especie de laboratorio que permite comprobar el efecto de las políticas neoliberales de austeridad que impone el fundamentalismo dominante desde hace años en Europa. Irlanda aprobó antes que nadie un gran programa de austeridad y recortes: hasta el 20% redujo los sueldos de los funcionarios y un 10% las prestaciones sociales, además de hacer lo mismo en un buen número de programas de gasto público y social. Aunque, eso sí, poniendo al mismo tiempo a disposición de bancos quebrados docenas de miles de millones de euros que pusieron por las nubes el déficit y la deuda del Estado. Desde 1987, en efecto, un «pacto social» reunió al Estado, la patronal y los sindicatos con el objetivo prioritario de la «moderación salarial». Resultado: «Los recortes salariales y la moderación de los sindicatos permitieron barrer la imagen ancestral de un país rural e indolente» (Le Point, 6 de abril de 1996). Pero los esfuerzos irlandeses no quedaron ahí. Le Point alababa una «política económica audaz que ha sabido atraer a las empresas extranjeras» (23 de agosto de 1997). ¿Cómo? Reduciendo el impuesto de sociedades al 10%, el nivel más bajo de Europa. Por otra parte la república autorizó los «precios de transferencia», que permiten a las multinacionales declarar sus beneficios en el país que ofrezca el régimen fiscal más interesante.

Cuando tomó estas medidas, de nuevo el caso irlandés fue puesto como un ejemplo a seguir por los demás. Los medios de comunicación neoliberales, la Comisión Europea y por supuesto una vez más el Fondo Monetario Internacional alabaron su política de austeridad y recortes frente a la crisis. Este último organismo, haciendo otra vez gala de su desvergonzada forma de hacer pronósticos económicos, afirmó que, gracias a la aplicación de estas medidas, la economía irlandesa crecería un 1% en 2009. Sin embargo, su efecto real fue otro: en 2009 el PIB de la economía irlandesa lejos de aumentar, bajó un 11%. Con esa caída estrepitosa la economía no pudo generar recursos suficientes, fue más difícil recaudar ingresos para hacer frente a la deuda y ésta siguió subiendo. Los bancos siguieron especulando y agravando su situación patrimonial y ahora les hace falta una nueva dosis de generosa inyección de liquidez para sacarlos a flote: unos 50.000 millones de euros más solo para ellos.

Ante esto, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional no tienen nada que decir cuando su «modelo neoliberal» salta por los aires, como era inevitable que ocurriera como evidente consecuencia de esas políticas. Al revés, estos organismos, creados al servicio del mercado, se limitan a dar prisa para que Irlanda se ponga a sus pies y a advertir de antemano quién va a hacerse cargo de la factura: «La UE exigirá a Irlanda subidas de impuestos para devolver el rescate». Los impuestos que pagará la clase trabajadora, no los directivos, banqueros y grandes fortunas que ya han puesto sus capitales a salvo en paraísos fiscales. Irlanda es efectivamente un buen ejemplo. Pero de a dónde llevan las políticas neoliberales.

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