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ANTONIO PAPELL
León

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Las elecciones catalanas, como todas las consultas democráticas, han distribuido convenientemente el gozo y el llanto por barrios políticos. Y como es lógico, tras la rotundidad de los resultados, se han dispersado por Cataluña zozobras y alegrías. Unas y otras perfectamente descriptibles porque, en estos tiempos de crisis, la política no es lo más importante. Pero más allá de los resultados concretos y de la primera digestión de lo acontecido, las elecciones marcan o consolidan unas tendencias que conviene analizar, y que esta vez, salvo para quienes reciben el poder y se sienten halagados por ello, no inducen precisamente al alborozo.

La primera y más obvia conclusión de los resultados del domingo es la constatación de la fortaleza de la gran formación nacionalista de centro-derecha catalana, que ha resistido a pie firme el intento, f inalmente fallido con estrépito, de alumbramiento de una alternativa. Lo ocurrido a lo largo de estos últimos siete años confirma la inexorabilidad «natural» del gobierno nacionalista de CiU en Cataluña. Y aunque esta especie de «movimiento nacional», convencido de personificar la catalanidad y de defender los intereses catalanes mejor que nadie, experimente cada cierto tiempo un declive, a causa de la jubilación del líder de turno y del desgaste natural de las organizaciones, a la vista está que sus enemigos políticos no son capaces de constituir una verdadera opción alternativa: el elemento izquierdista, que fue el engrudo que hizo posible el tripartito, no tiene suficiente fuerza cohesiva, entre otras razones porque agrupa fuerzas con distinto grado de convicción soberanista.

En otras palabras, se ha corroborado una vez más que Euskadi -que también ahora experimenta un período excepcional, aunque nadie duda de que su destino es el retorno del PNV al poder- y Cataluña son territorios aparte, que no están imbricados en las corrientes ideológicas y políticas del resto de España. En estas circunstancias, el auge del independentismo -la caída de ERC tiene la contrapartida del ingreso de la formación radical de Laporta en el Parlamento- se nos antoja a algunos un destino fatal. En suma, el «declive de la izquierda», concepto que describe lo ocurrido el domingo en Cataluña, no se corresponde con el inocuo «ascenso de la derecha», como parecería lógico, sino con el retorno al poder del esencialismo nacionalista, de una formación omnicomprensiva que da prevalencia a los derechos del ignoto «pueblo catalán» sobre los derechos individuales, que son los únicos que consagra y defiende la Constitución.

Para muchos analistas, las elecciones del domingo representan el fin de un ciclo y el arranque de otro. Seguramente tienen razón. Pero quizá a muchos de los espectadores del proceso, muy críticos con el ciclo que acaba, tampoco nos agrada el ciclo que presagiamos en el horizonte

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