TRIBUNA
Resistencia al progreso
Así podría denominarse la actitud adoptada, en los últimos tiempos, por la Jerarquía Católica en general, y bien en particular, por la Jerarquía española. Hablo conscientemente de la Jerarquía, y no de las bases católicas ni de las posturas aisladas (y por ello, más valientes y comprometidas) de ciertos teólogos y obispos católicos, que son silenciados y marginados, de inmediato, cuando no defienden la ortodoxia del poder. Es bien evidente, en este sentido, la escisión entre la jerarquía eclesiástica y las bases, entre la teología oficial y el cristianismo vital. Teilhard de Chardin dice que Cristiano y Humano tienden a no coincidir por más tiempo. «¡He aquí el gran Cisma que amenaza a la Iglesia!», afirma.
Todos los poderes se asemejan; suelen ser soberbios y dogmáticos, pero de un manera especial, quizás, los poderes religiosos, debido a que se creen los únicos poseedores de la verdad, en un mundo en que todo es cada vez más relativo y opinable. Los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI se han retrotraído a las épocas más oscuras y deplorables de la Iglesia, a un integrismo que había superado el Concilio Vaticano II, ignorando -"una vez más-" los avances de la ciencia moderna que camina h acia conceptos de integración y totalidad, de universalización e interdependencia. Esta Iglesia parece estar más cerca del espíritu de Trento que del siglo XXI. Por eso, habría que volver a decir, con Juan XXIII, en los comienzos del Concilio Vaticano II: «Esta Iglesia huele mal, abramos puertas y ventanas para que entre aire fresco».
El aire fresco que penetró, entonces, y que tanto necesitaba el catolicismo y el mundo occidental, fue fruto de un día, porque después del Papa Juan XXIII y la misteriosa y no esclarecida corta vida de Juan Pablo I, las puertas y ventanas volvieron a cerrarse. La Iglesia oficial se ha situado hacia posiciones más dogmáticas, intransigentes y excluyentes, que contrastan con un mundo que avanza -a pesar de las muchas dificultades- hacia las ideas de igualdad racial y de defensa de unos mismos derechos y deberes para todos. Lo hemos constatado en muchas manifestaciones de los dos últimos pontificados, y recientemente en la visita a Santiago y Barcelona del jerarca católico.
Las ideas que defiende la Jerarquía Católica, con su resistencia al progreso y a ciertos avances sociales, y su defensa de los privilegios de que goza, desde hace siglos, es uno de los mayores escollos con los que se encuentra la sociedad española posfranquista, que debe avanzar hacia una posición aconfesional, como se contempla en la Constitución, y en la que caben todas las ideologías, tanto políticas como religiosas, excepto el terror y el fanatismo. No olvidemos que la Jerarquía Católica española protegió la dictadura franquista, y cuyos crímenes no ha condenado aún.
¿Cómo puede sorprender, pues, la indiferencia y la pasividad de una gran parte de los llamados «católicos», ante esta Iglesia que vive cada vez más alejada de la sociedad real? Una Iglesia que ve antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Tal es el caso de sus finanzas en general, y en especial las del Vaticano, la pedofilia en sus filas, la persecución que sufren los católicos (de base y de élite) que defienden la heterodoxia, la condena sistemática de ciertas medidas que la mayoría de los ciudadanos consideran como avances sociales, su intromisión injustificada e injustificable en las decisiones de los parlamentos elegidos por el pueblo, olvidando que ya no es la época de la Contrarreforma, etcétera. Esta Jerarquía Católica actúa, hoy, con un total olvido del tiempo en que vive, con una «inocencia histórica», como recuerda Gregorio Peces-Barba.
Ante esta actitud retrógrada y reaccionaria, el desprestigio y la deslegitimación de la Iglesia católica, y en especial de su Jerarquía, es cada vez mayor en la sociedad española. Esta Jerarquía se resiente y se resiste ante este deterioro social, ante la pérdida de poder (aunque es demasiado el que conserva aún), y da palos de ciego, inconsciente de que ha perdido el norte, y avanza locamente en una dirección desconocida. ¿Cómo pueden estar tan obcecados sus jerarcas, que no son conscientes de que ese camino les lleva a su propia autodestrucción? La única actitud sensata no puede ser otra que la que adoptó el gran Papa, Juan XXIII, y su sucesor de breve y misterioso reinado. El orgullo del poder es, con frecuencia, como un filtro que impide ver la realidad. ¡A cuántos ha llevado al abismo!
¿Y qué decir, a este respecto, de los dos partidos mayoritarios de nuestro país, de su cobarde e injustificable actitud de sumisión ante la Jerarquía Católica? La mayoría del PP -al menos, de sus dirigentes- se siente relativamente a gusto con esas ideas anacrónicas de dicha Jerarquía, porque ambos son mucho más conservadores que progresistas. En cuanto al gobierno del Partido Socialista, es lamentable tanto su cobardía en la defensa de la total independencia entre el Estado y las iglesias, según la Constitución, como los guiños (llenos de temores y miedos) que le hace, de vez en cuando, a la Iglesia Católica para que siga con sus privilegios de antaño.