Publicado por
MIGUEL ÁNGEL VARELA
León

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Y o no sé si a Virtudes Fontal le interesaba el cine de Buñuel, el sordo aragonés que dedicó algunas de sus mejores películas a indagar sobre las consecuencias de la caridad: esa secuencia de «Viridiana» en la que un joven Paco Rabal le compra por lástima a un carretero el perro que iba atado bajo las ruedas y que se cierra con la cámara siguiendo a otro animal en las mismas circunstancias, deja en el espectador el amargo sabor de las preguntas sobre la inutilidad del acto caritativo. Yo no conocí lo suficiente a Virtudes Fontal como para saber si había tenido ocasión de ver «Dogville», esa historia claustrofóbica en la que el personaje de Nicole Kidman se enfrenta a la crueldad primitiva de los humildes y descubre con asombro que el único personaje coherente del film es el mafioso del cual huye. Tampoco hablé nunca con Virtudes sobre «Plácido», el extraordinario documento en el que un Berlanga tocado por la mano del ángel puso a desfilar la hipocresía de un país moralmente tarado, económicamente arruinado y socialmente debilitado, en un festival de pobres sobre el que chapoteaba la honradez hambrienta de Cassen.

No sé siquiera si a Virtudes Fontal le gustaba el cine. En realidad, sobre Virtudes Fontal sabemos poco. Su discreción a prueba de publicidades la acompañó hasta la tumba y sólo el testimonio de un puñado de personas cercanas dio fe de su labor silenciosa, trabajando la cercanía con los sectores más humildes de una sociedad falsamente opulenta, colaborando con un sentido cristiano primigenio digno del mayor elogio, incluso desde la aconfesionalidad más extrema, en tareas solidarias con la pobreza más próxima. Cuando, hace años, se la convenció para recibir el primer Premio Ciudad de Ponferrada, lo rechazó a título personal y sólo lo aceptó como reconocimiento general al voluntariado; a esas personas que, como de Virtudes, lo ignoramos todo, que viven ajenas a la mercadotecnia de la solidaridad y dedican sus horas a tareas aparentemente sencillas pero imprescindibles.

Con el sistema de bienestar seriamente tocado y el triunfo global del darwinismo del mercado, que selecciona a los individuos más débiles y los expulsa sin más miramientos, vuelven a nuestras calles los pobres, con su mano medieval extendida a las puertas de las iglesias, con sus deformidades expuestas a la caridad y al frío, con sus recorridos puerta a puerta y su mirada ausente, que regresan como costumbre del blanco y negro a una sociedad que pensamos en technicolor. Yo no sé si Virtudes Fontal alguna vez se planteó los dilemas de Buñuel, las inquietudes de Trier o la ironía de Berlanga, pero en un panorama como el que sufrimos, tareas como la que ella desempeñó se hacen extremadamente necesarias.

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