EN BLANCO
El Ceniciento
P ermítanme cerrar el año echando un vistazo divertido a este periódico empeñado en redactar a diario un informe que combina la estupidez con la brillantez de los hechos cotidianos. Hace unos días les contaba Eduardo Aguirre que al final de la presentación del libro dedicado al maestro Chencho, otro profesional de la casa cuyo corazón bombeaba tinta en lugar de sangre, se improvisó una tertulia en la que surgió uno de los grandes enigmas en la trayectoria más que centenaria del Diario de León. Se trataba, les recuerdo, del zapato de pertenencia desconocida que subsistió durante años en la vieja redacción de Lucas de Tuy, tan plácida como el británico té de las cinco. ¿A qué pie de gorrino pertenecía dicho borceguí, que según las malas lenguas emitía unos fluidos capaces de producir riesgo de contagio biológico a todo aquel que se acercara a una distancia poco prudencial? Es más, hay quien dice que el zapato fue el responsable de confundir a la CIA a la hora de atribuir responsabilidades sobre armas químicas a Sadam.
La historia de la humanidad está condimentada por misterios tan grandes como la identidad de Jack el Destripador o los hilos del complot que condujo al asesinato de Kennedy. Y por encima de todos, el zapato del Diario de León que después de tantos años sigue esperando a su Ceniciento. Muchas voces afirman que Eduardo Aguirre es más culpable que el pecado en relación a dicho tema. Él lo niega, claro, pero lo cierto es que el zapato ya forma parte de nuestro imaginario sentimental junto a las gafas de Antonio González de Lama, el sombrero retrechero de Pedrín Trapiello o las insignias de Tintín que son santo y seña de Javier Fernández Zardón, más conocido entre las gentes del bronce como Motorines.