Publicado por
Julio Ferreras, ex catedrático de IES
León

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L as Navidades parecen ser un buen momento para la reflexión sobre los problemas que aquejan tanto a la familia de sangre como a la familia social, si pretendemos vivir en una convivencia pacífica y justa. Y un problema acuciante, hoy, en nuestra sociedad, es éste: la corrup ción y el abuso de privilegios, en especial en el mundo de la política. Los privilegios del poder (sea político o religioso) son, más o menos conocidos, desde hace tiempo, pero no como se están conociendo ahora, debido a las oportunidades de Internet, que actúa como un filtro por el que pasan cada vez más acontecimientos de todo tipo (que antes quedaban atrapados en los controles del poder).

Ese filtro, que es Internet, es un arma inesperada y poderosa, cada vez más al alcance de los ciudadanos. A través de él llegamos a conocer, entre otras muchas cosas, los ingentes privilegios de que gozan un amplio círculo de políticos, desde las más altas esferas a diputados y senadores nacionales y autonómicos, y algunos alcaldes y concejales. Estos privilegios llevan fácilmente a abusos de poder y a la corrupción, si no es que ellos son, en sí mismos, parte de la corrupción. Pero el conocimiento de un hecho es el paso ineludible para poder llegar a su solución. Y podemos afirmar que vivimos en los tiempos en que los secretos están siendo desvelados, lo oculto se está manifestando. Sólo por este hecho, debemos ser conscientes de que es éste el mejor de los tiempos, el de las grandes crisis, las grandes oportunidades y las grandes soluciones. Los ciudadanos del mundo están despertando y exigen poder participar en la marcha de la sociedad. Pero ello exige, también, que se despierte, en ellos, el sentido del deber y la responsabilidad para construir sociedades cada vez más justas y solidarias.

Este conocimiento que los ciudadanos comienzan a tener de lo que ocurre en las altas esferas de la política, está desvelando la verdadera causa de la lucha de los políticos por atarse a sus poltronas: los increíbles y vergonzantes privilegios de que disfrutan. Internet nos ofrece la oportunidad de conocer varios de ellos. Pero ¿están todos los que son y son todos los que están»? Sólo con que sean algunos de los que están, es más que suficiente para escandalizar a la sociedad y sonrojar a sus beneficiarios. Tal es así, que prefiero no nombrar esos privilegios (¡entra, lector, y verás!). Estamos ante uno de los mayores escándalos sociales que se pueda llevar a cabo, de parte de aquellos que deberían ser los primeros servidores de lo público, y no en utilizar lo público para rodearse de privilegios. Probablemente sea ésa la diferencia entre una auténtica democracia (donde las haya) y una seudo-democracia.

Ahí se ubica -"en los privilegios del poder-" una corrupción social, en cuyo pastel participan, de una forma u otra, todos los partidos políticos. Es probablemente en lo único en que se ponen de acuerdo: en sus sueldos y privilegios. ¿No son ellos (junto a los banqueros) los primeros que deberían colaborar en la solución de una crisis financiera que, en buena medida, han ocasionado ellos con tanta corrupción y privilegios? ¿Por qué han de sufrir, entonces, esta crisis -"en una desmesurada medida-" los ciudadanos y los funcionarios de a pie?

Pero, bien es cierto que no se debe culpar, de esa corrupción y esos privilegios, sólo a los políticos, dado que han sido elegidos por el pueblo; por consiguiente, éste ha de asumir su parte de culpabilidad y reflexionar sobre qué puede y debe hacer al respecto. Por tanto, si los ciudadanos continúan en su pasividad y no participan activamente en la construcción democrática, tenemos privilegios para rato. Entonces, ¿para qué quejarnos?

La verdadera democracia comienza a fraguarse, por un lado, cuando los pueblos comienzan a respetar las instituciones y a asumir su responsabilidad en el entramado social, y exigen, en consecuencia, ser tratados como ciudadanos responsables; por otro lado, cuando los que detentan los diversos poderes, comienzan a respetar tanto las instituciones como a los ciudadanos y a considerarlos como tales, no como subditos. ¿Se dan estas dos condiciones en nuestra democracia? Me temo que la segunda está aún más ausente que la primera.

En consecuencia, es preciso hacer estas preguntas a los futuros sujetos de voto. ¿Si te encontraras en la piel de esos políticos, harías lo mismo? Si hay una respuesta largamente afirmativa, a nuestra seudo-democracia le queda mucho trecho que recorrer y muchas crisis que soportar. Sólo un número considerable de ciudadanos honestos y responsables puede acabar con esa larga historia de corrupción política y de privilegios. Porque de nada sirve retirar al corrupto, si están esperando toda una corte de suplentes deseosos de disfrutar -"ahora ellos-" de todos esos privilegios. ¿O es que la existencia de éstos no está señalando, de alguna manera, que vivimos en una sociedad infantil, que no ha desarrollado aún el conocimiento, la capacidad y la responsabilidad suficientes para acabar con esas prácticas atávicas, antidemocráticas y antisociales?

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Pues bien, para que toda esa maraña de argucias y corruptelas desaparezcan de nuestra sociedad, es preciso una regeneración social, que ha de comenzar -"una vez más-" por los cimientos, es decir, la educación; una educación en valores, principios y actitudes de honestidad y responsabilidad. Y ha de seguir, después, en todos los ambientes sociales, y en especial en los medios, denunciando esos privilegios, sacando a la luz todos los trapicheos y negocios sucios, y sobre todo, defendiendo y resaltando esos valores, principios y actitudes, lo cual no es muy habitual. Y lo que ha de ser ejemplarizante, las leyes han de considerar todas estas mañas como muy graves, auténticos atentados a lo público, que demandan una legislación específica y adecuada -"hoy inexistente en nuestro país-" para sancionar y acabar con esas prácticas.