IRREVERENCIAS
Prohibido
Publicaba hace un par de días este periódico que la primera semana de la ley antitabaco había concluido sin una sola denuncia en nuestro León. Buena noticia que evita el rencor pero que no suaviza el resquemor del incremento de las prohibiciones, ascenso que para sí quisiera la bolsa o el mercado laboral, por poner dos ejemplillos sin importancia. Muchos de los más progres que en su día fumaban «brotes verdes» de maría con minúscula se han apuntado al rechazo a la pintada del mayo del 68: «Prohibido prohibir», haciendo buena, eso sí, la contradicción de la pintada y extendiéndola (la contradicción, no la pintada) a buena parte de las normas que reconducen nuestro desordenado y alocado proceder en un síndrome paternalista que ya empieza a preocupar.
Que n o, que nadie discute lo malo malísimo que es fumar y lo bueno buenísimo que es no hacerlo. El problema surge -que manía, verdad- cuando comparamos. Y hay quien lo hace con las chimeneas de las calefacciones, que es que en León, con estos inviernos, echan un humo malo malísimo que respiramos todos: fumadores, niños, militares sin graduación y deportistas varios. Y lo mismo ocurre con los coches, invento del maligno que nos lleva calentitos, incluso a los más «verdes», pero que también escupen de todo menos salud. Y lo de la libertad de intoxicarse con lo que uno quiera no va con estos dos ejemplos, que intoxican a todo quisqui quiera o no, pero ahora tampoco vale para ciertos baretos donde algún locuelo quiera ir para dejar de respirar humos generalizados y respirar humos más personalizados (de negro o de rubio); eso sí, sin obligar a nadie a hacerlo, no como en los ejemplos de antes. Y tengo una colega que ante el posible chivateo antitabaco está pidiendo a gritos que cunda el ejemplo cuando hay cobro de pastizal negro por parte del profesional (licenciado o no), que eso echaría una manita para salir de la crisis. Ya dijo el creador del ensayo, de Montaigne, que prohibir algo es fomentar el deseo. Así, a alguno le están entrando ganas de volver a fumar, por lo del sabor de lo prohibido, como cuando lo hacías -una pela cinco celtas, sin filtro, claro- con el regustillo de haber triunfado sobre la prohibición paterna. Aquello eran otros triunfos. Y otros padres.