AL TRASLUZ
Diferencias
El icono de nuestra autoestima nacional estuvo en León Plaza. La cola para ver la copa del Mundial 2010 tenía algo de plano secuencia berlanguiano. Y hasta allá me fui, para saludarla con alegría, como a los americanos de la canción. Un gran momento de épica cotidiana. Por mi rostro se deslizó una expresión de gratitud hacia una de las pocas satisfacciones que el orgullo patrio nos ha reportado en estos tiempos de crisis. Aquella proeza deportiva nos hizo volver a creer en nosotros mismos. En el rato que estuve en las instalaciones se podía mirar pero no coger, supongo que para impedir que algún Steve Urkel preguntase tras el estropicio: «¿he sido yo?». El orgullo patrio sirve, cuando no es utilizado como cuchillo jamonero, para canalizar virtudes colectivas; y se agradece que nos los desperecen, pues se diría que no sólo hemos retrocedido en el estado de bienestar sino además en el de buen pensar y buen sentir. Somos un país de incertidumbres.
El verdadero liderazgo político no es consecuencia del triunfo electoral, sino de una conducta, me dije contemplando la copa y sintiéndome partícipe de aquel honor compartido. Recordé la grandeza de Del Bosque, siempre sobrio, tanto tras la derrota inicial como ante los triunfos siguientes. Nunca jactancioso. Hay partido y partidos. Y evoqué las palabras del presidente Roosevelt, en 1910, que Nelson Mandela memorizó en la cárcel y que obsequiaría al capitán de la Selección de Rugby de Sudáfrica, otro ejemplo de deportista ético y épico: «El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con el rostro manchado de polvo, sudor y sangre; a quienes perseveran con valentía; a aquellos que yerran (-¦) a los que realmente se empeñan en lograr su cometido (-¦) a aquellos que se entregan a una noble causa; a quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caen con la frente bien alta, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso». También hay victorias y victorias, derrotas y derrotas. La vida nos va enseñando a diferenciarlas; aunque, a veces, cuesta.