LA VELETA
Economistas
El auditor independiente del Fondo Monetario Internacional ha hecho una durísima crítica del papel desempeñado por esta institución en el período 2004-2007, inmediatamente anterior al estallido de la colosal recesión mundial, y en el que el español Rodrigo Rato era director gerente de la institución, que abandonó por razones personales año y medio antes de que concluyera su mandato.
La crítica, que trata de detectar fallos y de corregirlos más que de hacer un verdadero balance o de depurar responsabilidades, explica la ceguera del FMI a causa de la concurrencia de diversos factores: múltiples deficiencias organizativas, batallas internas, falta de comunicación, sesgos analíticos, presiones políticas, autocensura y falta de supervisión y control por parte de la dirección del Fondo. Y pone algunos ejemplos sangrantes de la incompetencia analítica del organismo, que calificó al luego quebrado sistema financiero de Islandia como «robusto» y «resistente», y que recomendó con insistencia a otros países que siguieran las prácticas «de innovación financiera» de EE.UU. y Reino Unido, que fueron precisamente las que originaron la crisis. El FMI tampoco vio el riesgo que el sector inmobiliario suponía para la banca y toda la economía de los países que alimentaban la célebre burbuja (Estados Unidos, Irlanda, España ). Y muy especialmente, el auditor subraya el gran ascendiente sobre el Fondo de los países ricos, con Estados Unidos a la cabeza, que impidieron que afloraran determinadas críticas que hubieran podido alertar del peligro de crisis que se cernía sobre la joven globalización. El asunto tiene evidente calado político y se presta a tergiversaciones que conviene prevenir de antemano: la gran crisis no es propiamente culpa del FMI sino de los fallos garrafales de supervisión que el neoliberalismo rampante en los Estados Unidos y en el Reino Unido generó en los mercados financieros. Las -˜hipotecas basura-™, paradigma de un comportamiento viciado del capitalismo en esos países, con el ulterior contagio al resto de la comunidad financiera internacional, sólo pudieron ocurrir en ámbitos en que el Estado, al que corresponden las tareas de supervisión y control, había hecho una flagrante dejación de su responsabilidad.
Cada vez es más cierto el chascarrillo según el cual «economista» es quien ha adquirido gran habilidad a la hora de explicar por qué no se han cumplido sus previsiones económicas. Resulta inconcebible que personalidades de la envergadura de Pedro Solbes y Rodrigo Rato fueran incapaces de ver que la burbuja inmobiliaria, que llegó a extremos inefables de sobrecalentamiento, nos conducía inexorablemente al desastre. Si Napoleón ya dijo que la guerra es un asunto demasiado serio para dejárselo a los militares, es claro que la economía es cuestión tan ardua que no cabe dejarla exclusivamente en manos de los políticos, ni siquiera después de que hayan hecho en tres tardes un cursillo acelerado de economía