Diario de León
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FERNANDO ALLER. PERIODISTA
León

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Tras producirse su fallecimiento, alguien me ha preguntado qué destacaría yo de la personalidad de Antonio Vázquez Cardeñosa. No lo he dudado: su entereza, su fuerza de espíritu, su ánimo, respondí.

Mi vida profesional ha estado ligada en una parte importante a la de Antonio Vázquez. Cuando él entró como accionista mayoritario en el Diario de León en el año 1990, a cuya plantilla me había incorporado once años antes, yo desempeñaba las tareas de director adjunto con Francisco Martínez Carrión. La casualidad quiso que Carrión anunciara su marcha a Caja España al tiempo que se producía un cambio accionarial, en el verano de 1997. Antonio Vázquez me propuso para el cargo de director al consejo de administración que en aquel momento pasaba a ser controlado por La Voz de Galicia, grupo editorial que hizo público mi nombramiento como director el 1 de octubre de 1997. Antonio Vázquez continuaría como presidente del rotativo.

Hago este apunte histórico porque explica en gran medida mis sentimientos, mi percepción de la personalidad de Antonio Vázquez, forzosamente impregnada por el agradecimiento personal y por el cariño hacia una persona que puso toda su confianza en mí. Nunca fui decepcionado. Tendría poco valor objetivo, por lo tanto, lo que yo pudiera apuntar en torno a la figura de Antonio Vázquez. En el aspecto más profesional, baste decir que suscribo totalmente el artículo publicado por Diario de León al día siguiente de su muerte en estas mismas páginas. De él guardo la imagen de una persona dialogante, emprendedora, metódica, rigurosa, perfeccionista y dotada de un sentido especial para la estética, que llevó a todas sus iniciativas empresariales y que promovió no sólo en el periódico.

Pero sin duda lo que más me impactó de su personalidad fue la fortaleza con la que afrontó su enfermedad. Recuerdo que, en compañía de otro gran amigo común, quedamos para comer cuando ya había transcurrido un año desde su operación. Cuando ya los pronósticos más optimistas, y felizmente equivocados, le habían dado por muerto. Sabía de su estado, del deterioro físico que sufría y he de confesar que aquel encuentro me provocaba desasosiego. Temía encontrarme a una persona hundida, porque en mi recuerdo estaba únicamente la imagen del triunfador, de alguien al que la vida le había dado todo y no le había negado nada y que ahora el travieso y despiadado destino se lo quería arrebatar de golpe.

Estaba equivocado. Sentí una inmensa alegría cuando nos saludamos porque percibí en su sonrisa y en el brillo de sus ojos una fortaleza no esperada. Lo encontré con unas ganas de vivir inmensas, pese a que la parte derecha de su cuerpo ya no le respondía. «Fernando -me dijo- la enfermedad es una cuestión mental en un 80%». Creo que no supe que responder. En ese estado, que para muchos hubiera sido de postración y retraimiento, nos volvimos a ver y coincidimos igualmente en actos sociales a los que no hurtaba su presencia. Aquel ánimo, que le llevó sin duda a vivir cuatro años más, me impactó especialmente y me ha hecho conocer que el alma humana es capaz de sobreponerse a todas las adversidades.

No se me oculta que no todo este ánimo nacía exclusivamente de su interior. La familia ha tenido mucho que ver en esta forma valiente de afrontar una enfermedad tan dolorosa y larga. No creo faltar a la lealtad y al cariño si desvelo aquí algo que es sobradamente conocido en su círculo más íntimo. Antonio percibió en su mujer y en sus cuatro hijos el fundamental apoyo, mucho más allá de lo que pensaba o alguna vez se hubiera planteado. (Aunque ya se sabe que en la vida los ejercicios teóricos no sirven de nada). Su enfermedad, en todo caso, le descubrió la dimensión de una familia que le llenaba de satisfacción y de orgullo, razón no desdeñable, fundamental sin duda, que le ayudó a transitar por sus últimos cinco años de vida.

Antonio, gracias por tu lección. Descansa en paz.

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