AL TRASLUZ
Siempre es carnaval
Q ue el lenguaje es más toro bravo que ciencia exacta ya lo demostró Jesulín con su «en dos palabras: im-presionante». Pídale usted a Sócrates o a Shakespeare que sentencien algo así, a ver si les sale a la primera, porque pensándolo mucho ya no tiene el mismo mérito. Ah, el lenguaje, gran hallazgo del ser humano, gracias sus infinitas posibilidades los políticos pueden afirmar que hoy es viernes y a la vez, sin cambiar de día, que también es martes o jueves. Les permite decir sin decir y sin decir diciendo. Por ejemplo, el alcalde de La Bañeza, el socialista José Manuel Palazuelo al recibir en días pasados el diploma que acredita al carnaval de su ciudad con el merecido título de Fiesta de Interés Turístico Nacional declaró que ellos desfilan «con desorden pero ordenadamente», en una virtuosa muestra de precisión verbal. Nada como hablar claro, más o menos. Me alegro mucho por los bañezanos, aunque personalmente, no comparto su frenesí por disfrazarse. Los disfraces, como el lenguaje, los carga el diablo. Tengo un amigo que se olvidó de quitarse el suyo y por ahí sigue, en taparrabos, desde el carnaval de 1987, creyéndose Tarzán. Peor aún es creer que se va vestido y estar caminando desnudo, como el emperador del cuento. La crisis nos ha revelado que vivíamos en un eterno carnaval. En un desorden ordenado, que diría Palazuelo.
Pero volvamos al lenguaje. Sirve para pedir el voto, la hora o una cita a Eva Mendes. También, para responder sí, no o ay que me troncho. Y además para meter la pata, corear ¡ala, Madrid! o contar chistes al abatido. Más aún, que en inglés nuestro castizo sí se diga yes a mí todavía me llena de asombro, cuando me lo dijeron apunto estuve de no creérmelo. El lenguaje sirve hasta para perdonar al Barça aquel cinco cero. Lo que nadie podrá utilizarlo nunca es para camuflar al corazón, que no admite antifaces.
Y en León, todo apunta a que hasta las elecciones habrá mucha lengua viperina y faltosa, recurso fácilón de la oratoria cazurra, a juzgar cómo está transcurriendo la precampaña de la precampaña. Aquí hay mucho desorden ordenado. O al revés, ordenado desorden. No lo sé, ya me lío. Habrá que preguntarle a Palazuelo. Siempre es carnaval, que decía el tango.