León

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Leo que el alcalde de León tiene 518 seguidores en Facebook y 600 en Twitter, o al revés. ¿Son muchos o son pocos? Depende, si pretende meterlos a todos el camarote de los Marx son demasiados, pero si con ellos lo que se quiere ir a conquistar Valladolid resulta tropa algo escasa. Un político puede pedirme el voto, el rosario de mi madre, hasta la fórmula de la Cocacola, pero uno -como la española cuando besa- sus seguimientos no se los da a cualquiera. Dicen que si no estas en Internet no existes, aunque pienses más que Descartes. No abogo por regresar al tam-tam o a las señales de humo, pero tampoco considero que las nuevas tecnologías sean la panacea para captar votos. «¿Dónde está la sabiduría que se perdió con el conocimiento?, ¿dónde está el conocimiento que se perdió con la información?», se preguntaba Eliot. A los candidatos sus asesores les explican: un twitero con muchos seguidores propone que mañana a las ocho hay que estar en Ordoño con un plátano en la oreja y logran el Guinnes por la mayor concentración amarilla que se ha visto jamás. Pero un plátano en la oreja no es lo mismo que un voto en una urna, ni movilizarse al grito de ¡Abajo Venancio! tiene el mismo gancho que hacerlo al de ¡Viva Venancio! Los españoles somos así. Y los leoneses, además, asá. Claro que hoy los partidos sólo llevan público no militante a un mitin si les garantizan que Shakira bailará ante ellos la danza del vientre. Por ello, se buscan nuevas alternativas al clásico baño de multitudes. Algo así como la ducha virtual.

Ah, la Red. Conozco a uno que tiene tantos «nicks» diferentes para insultar sin ser localizado que cuando le llamas por su nombre ya no se da por aludido. Facebook y Twister pertenecen a otra dimensión de las relaciones sin carne ni hueso, vale, pero a mi edad uno ya sólo sigue a su señora, al Real Madrid y la dieta mediterránea por prescripción facultativa.

Leo también atónito que Paquirrín durante sus primeras horas de «twittero» superó los 4.500 seguidores, y esos sí que no caben, admítalo el señor alcalde de León, en el camarote de los Marx, ni troceándolos con una motosierra, pero es que a ese Titanic del despendole hormonal ya no le corrige el rumbo ni el tío de la Vara.

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