Diario de León
Carlos Fidalgo
Ponferrada

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Vuelve el lobo. Siete ovejas aparecen devoradas en una granja de Barcelona, leo en un periódico. Veinte muertas y nueve vivas, pero con dentelladas, en El Pego (Zamora) vuelvo a leer unos días después.

Al lobo casi lo extinguieron los alimañeros que recorrían los pueblos en la España de la posguerra para salvar a los rebaños de ovejas de su mayor depredador. En Cataluña lo consiguieron. No quedó ningún ejemplar de lobo ibérico y las manadas que ahora atacan las granjas son de una camada italiana, que ha tardado veinte años en salir de los Alpes, atravesar el sur de Francia y llegar a este lado de Los Pirineos.

Vuelve el lobo y vuelve el oso. Ocho plantígrados se dejan ver en Valseco, (Palacios del Sil), donde los curiosos suben a Los Corrales del Diablo para saber cómo despiertan del invierno. En el Alto Sil, el oso no ha atacado al ganado, ni se ha ido a la miel. O al menos, nadie se ha quejado.

Vuelve el hombre. No, el hombre no se ha ido. Seguimos matándonos en Libia. En Siria. En Yemen. Tampoco ha terminado la guerra en Afganistán, aunque ocupe menos espacio en los periódicos que las dentelladas de los lobos y los paseos de los osos. No, no nos hemos ido. Seguimos explotándonos unos a otros, aprovechándonos de los extranjeros. Seguimos cerrando las fronteras a los inmigrantes, a los refugiados. Seguimos abriendo centros de internamiento para encerrar a los que no quieren volver de donde vinieron.

Y seguimos recelando de los gitanos. En Roma tienen un alcalde empeñado en barrer los campamentos ilegales sin realojar a nadie. Las chabolas de Casal Bruciato han sido las últimas. Los desahuciados, rumanos sin ningún lugar a donde ir, cruzaron la ciudad en manada el Viernes Santo y se refugiaron en la Basílica de San Pablo Extramuros, dentro del Vaticano.

Pero no encontraron en la iglesia el cobijo que buscaban. La Gendarmería vaticana cerró las puertas de la basílica el sábado, salvo para los peregrinos, y algunas mujeres y niños se quedaron fuera y tuvieron que dormir al raso. Un cardenal copió la idea del alcalde y ofreció 500 euros a quien aceptara la repatriación, sin mucho éxito. Y por fin el domingo, y ante la negativa de los gitanos a regresar a un país que tampoco les quiere, el Vaticano los trasladó a locales de Cáritas, mientras el Papa exhortaba a los fieles a acoger a los refugiados de las revueltas en el Norte de África. Debió verles las orejas…

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