EN BLANCO
Lástima
C on motivo de la Semana Santa, ese estallido de la primavera cristiana que se presume propicio para sacar del baúl un montón de sentimientos y joyas leonesas, las flechas de la diosa Fortuna se han cebado en nuestra ciudad, demostrando una vez más que los humanos proponen y el azar dispone. Dada su tardía ubicación en el calendario nos las prometíamos muy felices en cuanto al tema climatológico, a diferencia de otros años en que el relente de marzo pone carámbanos hasta en las sacras imágenes. Pero contra todo pronóstico aún fue mucho peor, ya que la fiesta se vio oscurecida por un cielo de barro que en momentos puntuales hasta llegaba a teñirse de luto. La cosa no empezó mal, con unas nubes que parecían de caramelo y crema batida acompañando a los primeros cortejos, lo que añadía un toque de teatralidad propio de un decorado de opereta. De ahí se pasó, casi sin transición, a una sucesión de días de ceño fruncido y santa capucha en los que cayeron unas mantas de agua como para que Noé construyera otra arca.
A pesar de todos los conjuros y sortilegios cofrades, el sol se portó como un mal padrastro en un ambiente que de puro húmedo casi se podía beber. Algo tremendo para una ciudad tan presumida como la nuestra, que además había vestido sus mejores galas para recibir a los miles de forasteros llegados al reclamo del enorme placer estético que es santo y seña de la Semana Santa leonesa. Y aunque el ritual no entienda de números, el turistódromo en que se convirtió la capital vino como anillo al dedo en estos tiempos de crisis y desgracia económica generalizada. Todo el despliegue de expectativas, económicas y religiosas, quedo forzosamente a la baja dado que la naturaleza, llorona por demás, parecía estar resentida con unos papones, los pobres, que caían como juguetes rotos antes las sucesivas cancelaciones de sus actos. Lástima de la castaña de tiempo que nos tocó en suerte.