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MIGUEL ÁNGEL VARELA
León

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E n la placita que hay frente a mi casa vive un pobre. Desde hace varias semanas, un banco es su cama y una fuente su principal suministro. Por la mañana busca la esquina soleada y a lo largo del día su cuerpo se va doblando hasta tomar la misma forma del bastón en el que se apoya para caminar torpemente, con la mirada clavada al suelo. Este mayo electoral ha renovado la decoración en la casa del pobre, ha empapelado sus paredes y ahora duerme vigilado por la sonrisa de los candidatos. Creo que el pobre no conoce las encuestas que estos días circulan por Ciudad del Puente, ni las que se emiten en abierto ni las de «pay per view», que hasta en eso han cambiado mucho las cosas de la mercadotecnia electoral. «El futuro ya no es lo que era», nos advirtió en su momento Paul Valéry, pero nosotros no le hicimos caso al poeta y ahora al pobre ni siquiera le han preguntado por su intención de voto: directamente se le ha incluido en el apartado del no sabe/no contesta/no existe.

Sin embargo, del pobre que vive frente a mi casa se habla en los debates de mayo, donde sale mucho la palabra «empleo» y la palabra «trabajo». Son debates muy tranquilos, en forma de monólogos sucesivos, en los que los candidatos no siguen los consejos que los directivos televisivos le dieron a Miguel Ángel Rodríguez, según él mismo explicó en el juicio por injurias al doctor Luis Montes. Al ex portavoz del Gobierno le pidieron que las intervenciones televisivas fueran «vivaces y polémicas» y él, obediente, le llamó nazi al médico de Leganés. La vivacidad de MAR, eso sí, le ha costado un pastizal. Y como en esta campaña no sobra el dinero los candidatos han decidido racanear los insultos, lo cual no está nada mal.

Por la placita donde vive el pobre, además de sonreír en las paredes, los candidatos pasan en coches con altoparlantes, un término con aire latinoamericano más preciso que el contundente «altavoz» del castellano corriente para definir el concepto propagandístico que escucha el pobre, sentado en su banco, mientras pela una manzana. Es una manzana cultivada antes de que se ponga en marcha la incineración de residuos, la última ocurrencia para acabar de mandar al garete a la agroalimentación y el patrimonio natural bercianos, para hacernos a todos un poco más pobres.

El sábado pasaremos todos en manifestación por la placita del pobre que vive frente a mi casa. Un pobre real y, lamentablemente, no excepcional. Cualquier día de estos dejaremos de verlo y tal vez alguien se pregunte qué fue de él. A uno le gustaría pensar entonces que el pobre mudó de condición y ahora duerme bajo techo, en una cama humilde pero con sábanas. Son ingenuidades que a uno se le ocurren, contagiado por este mayo electoral.

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