AL TRASLUZ
Ni mentarlo
Leo en este periódico que el candidato popular Emilio Gutiérrez se desestresa de la campaña comiendo jamón serrano. Le alabo el gusto. Cada noche, ya en casa y en pantuflas, recupera fuerzas degustando unas lonchas. Al parecer, maneja el cuchillo jamonero con un virtuosismo que le será muy útil en el Ayuntamiento. Algún leonesista habrá apostillado, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid: «Ya, pero dónde esté la cecina». Y algún culé que yo me sé: «hombre, lo mío es más el fuet, pero, eso sí, lo compro en el Húmedo». Lo importante es que todos los candidatos hagan bien sus respectivas digestiones nocturnas, pues el sueño reparador es vital para quienes están sometidos a la estresante responsabilidad de cosechar votos. Al final de cada jornada ya ni siquiera pueden prometer -ni prometen- que se llaman como se llaman. Tanto es así que algunos también dan mítines mientras duermen, hasta que el cónyuge les chista. Y si además son de los que, entre ronquido y ronquido, recitan el programa electoral, entonces, con ellos no queda otro remedio que el codazo. Qué menos, pues, que darse un capricho gastronómico. Don Emilio le da al jamón, que tiene muchas proteínas y protege del infarto.
Pero si me permite un consejo, no vuelva a mentar tal manjar, y menos en la sede del partido. Su casa puede terminar pareciendo el camarote de los Marx. Como se descuide, le convocan en la cocina las reuniones del comité ejecutivo. «A ver esos taquitos, Emilio». Y usted que no es de tacos sino de lonchas lo irá viendo menguar como un presupuesto municipal o la barriga de Paquirrín en «Supervivientes». Ni mentarlo, hágame caso. A los españoles nos pirran los jamones y las jamonas, que dirían los socialistas. «Cantinero, vino y mujeres para todos», clamaba el pirata Barbarroja nada más aparecer por la puerta. Para él era fácil ser espléndido, pues pagaba con los doblones de otros. El jamón de don Emilio, en cambio, lo ha pagado él de su bolsillo. «Fue un lapsus», explíquele a quién le pregunte, «quise decir sifón». Y el hueso, para el cocido.
A mí, en cambio, nada más me aproximo a la despensa, mi mujer ya me espeta: «No piques, que tú no estás en campaña». Debí haberme dedicado a la política.