RÍO ARRIBA
Victoria
Las calles parecen haberse llenado de combatientes que, espada en ristre, observan a sus rivales desolados y les gritan sin pudor: Vae victis!, como antaño lo hiciera el jefe galo Breno tras haber saqueado Roma. Nunca antes la victoria pareció más dulce, ni la derrota más amarga. No hay consuelo posible para los que han visto caer su reino y un nuevo sol parece brillar sobre los vencedores. Así se ha escrito siempre la historia. Pero lo que también nos ha enseñado es que, con frecuencia, las victorias suelen tener un reverso sombrío, una cara funesta. Sobre todo cuando se gestionan desde la saña y la soberbia. Dependerá, entonces, del temperamento de quien ocupa el trono y de su capacidad de ser humilde o despiadado. Hay quien sostiene que sólo la cólera vengativa (o el resentimiento melifluo, que acaso sea peor) pone las cosas en su sitio y que los órdenes nuevos deben construirse sobre sangre. Sobre sacrificios. Vivimos tiempos bárbaros, donde aquellos que han arrasado los campos indican a los supervivientes qué semilla deben sembrar. Los nuevos monarcas podrán blandir su espada y emprender batallas duras y cruentas; o podrán envainarla y actuar serenamente en medio del caos. El pueblo ha aprendido que, con frecuencia, es peor el remedio que la enfermedad; y que los inviernos son más temibles bajo las alas de la victoria. Ay de los vencidos!, le espetó el galo triunfante al general romano. En las plazas de los pueblos ha surgido un movimiento de juglares que los poderosos miran con desprecio. Tienen la mirada inocente y fresca de los primeros novios. Llevan flores en la boca y cascabeles en los pies. Es posible que el viento se los lleve, pues, ¿qué poder tienen los sueños en medio de la furia? Vivimos tiempos monstruosos, donde las hienas les dicen a los corderos que corran hacia el abismo. Un rey sabio debería rescatar a los últimos de sus fauces, protegerlos con sus mastines. Veremos, sin embargo, qué sucede. Nos dicen que el tormento acabará con el sufrimiento y los castigos con el dolor. En la cabeza de los jóvenes de Madrid no hay coronas de espinas, sino sombreros con plumas de colores. Incautos. En las verjas de las cancillerías sólo queda sitio para la herrumbre más negra.