Diario de León
León

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L os primeros en aparecer siempre son los rabilargos. Esos pájaros con la cola de cometa, ruines e inquietos; bailarines aéreos del corro de la patata que se encargan de generar el suficiente ruido para anunciar la fiesta. Prólogos de las aves corpulentas que, como una sombra, primero planean y luego descienden sin peligro, cuando todo el trabajo está hecho. Abajo, en el claro o entre las árgomas, la presa aguarda ahogada en estertores o resignada al banquete.

El cortejo salvaje de los carroñeros se plasma en la política con pocas variantes. Desde antes del romano Bruto, que se ha convertido en los últimos días en filósofo de cabecera de los socialistas leoneses, la historia del poder ya avanzaba a puñaladas. En nuestros días, la renovación de la tragedia se consume como consecuencia de la debacle del PSOE en León. Una catarsis en la que la formación se sumió a medianoche del domingo, apenas rebasada la puerta de su sede electoral, donde, como si se tratara de una broma, el cartel de la tienda de deportes contigua anunciaba liquidación total.

En esas andan los socialistas, mientras el PP se solaza en unos resultados desmesurados para sus méritos. Al menos por lo demostrado con un campaña y un programa electoral vago, ambiguo, aunque con suficiente margen para que lo prometido no se convierta en el lastre de cuatro años de gobierno. Un cuatrienio en el que el resultado de las urnas consagra el poder omnímodo de los populares y el abandono incondicional en brazos de la Junta. Ahora, la administración autonómica cuenta con la responsabilidad y el deber de compensar la confianza, mediante inversiones claras y estratégicas, para paliar la política colonialista con la que ha condenado a la provincia al vagón de cola durante los va para 30 años de existencia del engendro autonómico. A su sombra, en lo cercano, a Emilio Gutiérrez se le presta un cheque en blanco con firma autorizada de Carrasco.

Por el momento -”apenas 2.000 votos de ventaja sobre el saldo dejado por Amilivia en el 2007-” es poco más que el resultado del castigo -”12.000 papeletas de confianza dilapidadas por el PSOE-” con el que los ciudadanos le han dicho a Fernández que, al margen de proyectos y cheques firmados en Moncloa, no ha sido lo que prometió ser.

La fuerza del depredador descansa en que nunca olvide que puede ser presa.

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