Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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Puesto que somos reos del tiempo, es normal que de vez en cuando se produzcan algunas de esas cosas que la vida nos tira a la cara y, ya de paso, te dejan el ánimo resfriado. Una de ellas, como bien saben ustedes, es la desaparición del compañero y sin embargo amigo Vicente Pueyo, aragonés de pro y uno de los personajes más entrañables en el diván familiar del Diario de León. Contra la absurda costumbre generalizada en España, no acostumbro a hablar bien de los muertos por el mero hecho de serlo. Y si alguno es un hijo de la chingada, que dicen en Méjico, pues lo sigue siendo en el -œThe End- final. Vicente era otra cosa; un santo varón de envoltura grande y amable, por su no hablar de su notorio buen carácter. Siempre atento al fragor del teatro político y social leonés, ser normal y educado, como era él, se está poniendo por las nubes.

Otro de esos acontecimientos que no preguntan es el problema cerebral sufrido por otro viejo amigo, José Antonio Alonso. Su compromiso ideológico, además de la estrecha relación que siempre mantuvo con José Luis Rodríguez Zapatero, le llevaron a ingresar en los berenjenales de la política, dispuesto a impartir sus pautas y valores de concordia democrática y juego limpio en la vida pública. Muchas horas y bastantes bares he paseado con Toño en aquellos tiempos en los que, Scott Fitzgeral dixit, nunca seríamos más jóvenes ni más felices. Ahora vivimos en tal desbarajuste emocional que, creo, comienza a pasar factura, aunque uno trate de estar a bien con su propio pellejo. De una u otra forma, el mundo siempre acaba por merendarse a los idealistas. Ese tipo de personas convencidas de que la tolerancia y el pasar de todo son los primeros mandamientos que está obligado a cumplir el hombre bien nacido. Pero ya saben, a pesar de los pesares ocurridos con gentes tan válidas y cercanas, el show siempre debe continuar.

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