León

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S egún García Zurdo, en todo lo relativo a su propia valoración como pintor y vitralista «no es humilde, sino realista». Argumentaba, en una información de Marcelino Cuevas, que su obra nunca ha estado a la altura de los maestros con los que se formó. «Eso no es humildad, sino realismo», esgrime. No hay pose alguna en sus palabras. Es lo mismo que siempre ha mantenido. Trabajar con la luz no ha de conllevar necesariamente convertir el yo en estridentes fuegos artificiales. ¿Tiene razón? Carece de importancia. La obra tiene una existencia aparte de la de su creador. Woody Allen dice: «Vale, quizá me ha salido alguna buena película, pero ninguna puede compararse con las que han hecho Kurosawa, Bergman, Fellini, Renoir-¦». Y lo afirma sin catastrofismos, con natural aceptación de la existencia de logros de mayor altura que los suyos. ¿Tiene razón Allen o está siendo excesivamente humilde con su propio trabajo? También en su caso carece de importancia. Una vez hechas, sus películas ya no le pertenecen, son nuestras. Y nos corresponde a quienes las amamos jerarquizarlas, entre sí y respecto a las de otros grandes autores. Pues lo mismo ocurre con García Zurdo. Su obra ya no es suya, sino nuestra. Somos nosotros quienes la jerarquizamos, no él.

Recibió ayer el justo homenaje de los artesanos. «¿Qué es eso de ser artista?», se preguntaba en dicha información. Pues, entre otras posibilidades, ser cómo él es y hacer lo que él hace, con su fardo de luces y de sombras, de volcanes en erupción y de mares en calma.

Quien no ha comprendido nada, percibe el éxito como un acto de justicia, como algo que el mundo le debe. Por ello, Luis, respetamos tus reticencias al aplauso. Al menos, a ese que es buscado. Los de los artesanos llegaron cargados de ecos buenos. Fue un acto precioso, sin las vampirizaciones en las que degeneran muchos de estos homenajes. Todo salió perfecto en su sabia sencillez. Pero ahora, te toca volver a ser tú. Un pájaro solitario. Ya sabes. Entra en tu taller, contempla tus vidrios, tus bocetos pinchados sobre las paredes, los viejos libros, y dite de nuevo: «Gracias, Señor, por haberme dado maestros de los que aún puedo aprender». Y como cada día, dítelo con humildad.

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