Diario de León
Publicado por
JOSÉ LUIS GAVILANES LASO. ESCRITOR
León

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Vemos como en cada legislatura se incorporan a la política nuevos rostros frescos y lozanos como una limpia mañana de primavera, a pesar de que, según todas las encuestas, van a ser en este país motivo de preocupación, incluso de increpación, de los que no han optado por ese camino profesional. Y todo ello debido a que cada día se constata más un divorcio entre la ciudadanía y la llamada «clase política». ¿Con qué aspiraciones irrumpen los sobrevenidos? Sólo ellos lo saben. Cuando digo «política» me refiero restringidamente al oficio de conducir un Estado, comunidad, diputación o ayuntamiento, no a la ciencia de gobernar a los pueblos (en sentido teórico) y el arte de engañar a los hombres (en sentido práctico). Y cuando hablo de «políticos» me refiero a los aspirantes a participar en el poder en sus diversos grados. Quien hace política aspira al poder como medio al servicio de otros fines (egoístas o idealistas). No me refiero, por lo tanto, al mago capaz de crear conflictos donde no los hay, de mostrar su incompetencia cuando verdaderamente existen los conflictos, o de hacer un diagnóstico falso y aplicar remedios equivocados.

Hay que distinguir entre los políticos «ocasionales» y los políticos «profesionales». Políticos ocasionales son todos los que deciden depositar el voto en la urna o cuando aplauden o protestan en una asamblea política, esto es, todos los que no hacen de la política «principalmente» su vida, ni en sentido material ni ideal. Respecto a los políticos profesionales, hay dos formas de hacer de la política una profesión. Como apuntó el sociólogo alemán Max Weber, en una conferencia ya clásica, o se vive «para» la política o se vive «de» la política. Aunque la contraposición no es en absoluto excluyente, quien vive «para» la política hace de ello su vida en sentido íntimo. La diferencia se refiere al aspecto económico. Vive «de» la política como profesión quien aspira a hacer de ella una fuente de «ingresos» permanente. Para que alguien pueda vivir «para» la política ha de ser económicamente independiente de los ingresos que la política le pueda aportar. Esto quiere decir, sencillamente, que el político debe tener un patrimonio propio declarado a su entrada en la política o estar en una posición privada que le proporcione ingresos suficientes. En el pasado, las recompensas que los príncipes daban a sus seguidores eran los feudos, las donaciones de tierras, las prebendas de todo tipo. Parece que el sistema no ha desaparecido del todo, si a los príncipes los transmutamos en otros detentadores de la excelencia, cuya prosperidad para sus negocios depende en gran medida del favor político en un claro «do ut des» (doy para que me des).

Con el tiempo, la transformación de la política ha determinado la separación de funcionarios públicos en dos categorías claramente diferenciadas: funcionarios técnicos especializados y funcionarios «políticos». Los funcionarios políticos se distinguen de los especializados por su situación de disponibilidad discrecional conforme a los avatares de la política y los partidos. Curiosamente, no sería descabellado aquel organismo público absolutamente gobernado por funcionarios fijos especializados y, por ende, desprovisto de funcionarios eventuales políticos, para menor gloria de la imagen fotográfica y mayor de la economía del propio organismo, eliminando así duplicidades innecesarias. Hay gentes dedicadas a la política que en vez de ostentar un «cargo público», valiera mejor decir que suponen una «carga pública»; y que lo que debieran hacer de verdad fuera servir al público, no «ordeñarlo».

Pero visto que el sistema moderno así lo determina, cuatro, fundamentalmente cuatro, deberían ser, a juicio de quien suscribe, las cualidades esenciales del sobrevenido a la política: «pasión», «responsabilidad», «honradez» e «ideas». «Pasión» en el sentido de dedicación apasionada a una «causa». Pero la pasión o entera dedicación a una causa no le convierte a uno en político, no basta si ella no convierte a la «responsabilidad» precisamente respecto a esa causa en la estrella que guíe la acción de manera terminante. La «honradez» se basa en el ejemplo y en la ética. Aquí juega un gran papel el quehacer desinteresado y la cualidad filantrópica y altruista del sujeto. Encomiable es, por ejemplo, el gesto de Julio Anguita que renunció por escrito a la paga de pensión máxima vitalicia a la que tenía derecho como exparlamentario, por serle suficiente la pensión que tenía como maestro. No estaría tampoco de más eliminar insignias, medallas, bastones, dinero por asistencia a plenos y otros autopremios. Los doctores de las distintas especialidades asistentes a claustros, juntas y consejos en la Universidad no perciben ningún emolumento por asistencia, al menos en la que yo estuve.

Toda acción que se oriente éticamente puede estar bajo dos máximas que son radicalmente distintas, aunque no excluyentes: una acción puede estar guiada por la «ética de las convicciones de conciencia» o por la «ética de la responsabilidad». Quien actúa según la ética de las convicciones sólo se siente responsable de que se le apague la llama de la pura convicción. El político de la ética de la responsabilidad pone el énfasis fundamentalmente en las consecuencias (previsibles) de la propia acción. Según las circunstancias del momento, un político puede tener que adoptar medidas contrarias a sus convicciones, si con ellas puede resolver o paliar los problemas de la sociedad en que vive: «lo siento, no puedo actuar de otro modo y, en defecto de mis convicciones, asumo la responsabilidad como asumo mis tripas». Por último, en modo alguno aquel que opta a la política como profesión ha de hacerlo carente de «ideas» que aplicar a la resolución de los problemas de la sociedad en que vive. En política, un hombre que se lanza en esa dirección sin un bagaje de ideas, sin tener intelectualmente algo que aportar, actúa igual que el impostor que dice haber estado donde nunca puso los pies. Me gustaría creer, y así lo deseo, que los nuevos rostros que se incorporan a la denostada profesión política, pero en esencia la más noble y sublime si se cumplen las cuatro condiciones antedichas, tuviesen plena conciencia que ellos son un medio, nunca un fin, o sea, a contrapelo de lo que vemos y oímos todos los días.

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