Diario de León
Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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Lo peor de perder las elecciones es la cara que te queda. Las hay para todos los gustos. La más frecuente es la cara de asombro, común a los acostumbrados a perder siempre. Lloran la noche electoral, se asombran decepcionados por unos resultados que no se merecen. Sin embargo, nadie dimite ni hay la menor autocrítica: ellos -no son necesarios sus nombres, tan conocidos- no tienen la culpa; la tienen los electores que no saben lo que se pierden. Durante cuatro años han dado la vara en los medios de comunicación, todos los días hacen sus propuestas y sus protestas, pero los electores erre que erre, elección tras elección. Pasada la noche triste, su cara vuelve a la sonrisa de siempre, porque en realidad su interés no está en la meta sino en el camino: se hace camino al andar, golpe a golpe. A su manera son felices, están contentos de haberse conocido y, pase lo que pase, ellos seguirán en la lucha como pepitos grillos.

La más terrible es la cara airada, hosca, de los perdedores. Son los que no entienden su derrota y, además, vislumbran con temor lo que les espera. Son los que se creen investidos de una legitimidad incuestionable. Algunos desprecian a los electores como culpables de la derrota, pero son los menos; pues el pueblo está con ellos ¡cómo van a perder si siempre miran por lo social! La causa tiene que estar en sus contrarios y sus prácticas no democráticas -el dobermán-, no en ellos. Por eso tampoco dimiten, aunque algunos de sus correligionarios lo exijan ruidosamente, porque con la derrota viene el invierno, la intemperie. Las caras se crispan, surgen los enfrentamientos que han estado larvados, se echan los trastos unos a otros. Pero no siempre es por lo pasado sino por el futuro. Controlar los órganos de poder permite repartirse algunos de los cargos que quedan, por ejemplo los diputados provinciales; pero sobre todo controlar las candidaturas de futuras elecciones, las generales, que ya se acercan.

Por último están las caras duras de los caraduras, por ejemplo los perdedores de mi pueblo. Han dejado un agujero insondable en las cuentas del ayuntamiento, además de varios juicios pendientes, pero eso no les asusta ni, en su falta de conciencia, les lleva al arrepentimiento. Todo lo contrario, han colgado panfletos en los tablones de anuncios en los que denuncian a los ganadores de que no se hagan los longuis, que ellos hasta las elecciones pagaron las nóminas de los trabajadores municipales, cuya cifra supera el centenar, y que, por tanto, lo que deben de hacer es no lloriquear porque en las arcas municipales no haya dinero, sino buscarlo. «Si deben dinero a los bancos o a los acreedores» que lo paguen. «Si deben dinero» dicen, como si no fuera con ellos. Contra este cinismo solo queda responder con más cinismo, es decir, poner cara de perro.

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