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JESÚS a. COUREL
León

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H ubo una época en que las chimeneas de las fábricas competían con los campanarios de las iglesias por el protagonismo celestial de las ciudades. Después, los polígonos industriales acabaron con esa lucha encarnizada por la verticalidad (símbolo fálico que diría Freud, siempre pensando en lo mismo) e incluso en la contienda sonora que mantenían sus elevaciones hacia lo humano y lo divino. Sirenas y campanas, campanas y sirenas, no hacían otra cosa que recordarnos la necesidad de mantener un programa constante en la producción de lo superfluo, bien fuera de carácter técnico o metafísico. En enredar, en definitiva, porque si hay algo que marca nuestra vida es como pasar el tiempo, ese tic-tac que nos hace enloquecer, por mucho que Armando Manzanero quisiera detener su camino. Las campanas de las iglesias tañeron durante siglos el Angelus del campesino, mientras que las sirenas de las fábricas -algo más fugaces en su historia-, silbaron la Internacional. Pero en resumidas cuentas, como diría San Benito: «Ora et labora», que es algo tan viejo como la humedad y a lo que añadiría Ortega (el torero, no el filósofo): «Me encuentro bien, aunque parece ser que estoy peor».

La sirena de la central de MSP fue durante años el rosario del progreso de Ponferrada y comarca, bajo la dictadura del carbón que nos trajeron los hermanos Ussía y Cubas desde Madrid. No se si en la recuperación de este complejo industrial (como parte del Museo Nacional de la Energía), figura la reposición de ese sonido, además de la restauración de las calderas, turboalternadores y la memoria de los obreros que acudían a los turnos de trabajo a golpe de esa pertinaz sirena. Sería un acierto que aquel viejo sonido de Ponferrada -a añadir al actual de las ambulancias, los miles de coches, las fuentes, las entrañables palomas, el camión de la basura y los berridos de los borrachos del fin de semana-, se recuperara como test de solvencia de la nueva energía, el turismo, que nos va a curar todos el estrés económico que padecemos. Que la sirena, como las campanas del viejo poema de John Donne -”que doblaban por la muerte de cualquier ser humano-”, recuerde también a los que se dejaron la vida sacando carbón (que aun siguen cayendo), a los que tragamos la carbonilla de sus chimeneas, a los que vimos bajar el río Sil negro durante décadas y a todos los que padecimos, en definitiva, los inconvenientes del desarrollo tecnológico. Porque el culto a la industrialización no debe llevar, como capital adicional, el único mensaje que la felicidad se alcanza con el canto de las sirenas del progreso-¦ Había que hacer algo.

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