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ANTONIO PAPELL
León

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H ace unas semanas, Paul Krugman, el brillante nobel de Economía, escribía un penetrante artículo, objeto por cierto de torcidas interpretaciones, en el que venía a decir que la Eurozona tendría que poner a prueba su cohesión ya que los países más afectados por la crisis -”Grecia y, a distancia, Portugal, Italia y España, los famosos PIGS-” ya no disponían de las herramientas clásicas de política económica para remontar el bache; en especial, esos países habían de renunciar lógicamente a devaluar su divisa, como hubieran hecho sin vacilar antes de unirse a la moneda única. En estas circunstancias, Krugman -keynesiano, progresista- sostenía que la Unión Europea tenía la obligación de prestar ayudas excepcionales a los países en situación crítica para evitar precisamente que el ajuste resultara para ellos demasiado oneroso..

Como era previsible, Grecia, asediada por Bruselas con un rigor inusitado, obligada a un brutal recorte del gasto y controlada de cerca por funcionarios de la Comisión Europea, acaba de padecer la primera huelga general a consecuencia del gigantesco ajuste que debe llevar a cabo para reducir su déficit y su deuda en un tiempo prudencial. Los griegos no rechazan la necesidad de llevar a cabo su ajuste pero están muy irritados con la Unión Europea por el tono y por la falta de sensibilidad de Bruselas y por la nula falta de solidaridad de las instituciones comunitarias, empujadas en este asunto por Alemania. Anteriores gobiernos griegos falsearon las estadísticas de la convergencia con Europa para precipitar el éxito político de que el país fuera admitido en la Eurozona. Pero esta insidia no puede ser utilizada para justificar el ensañamiento actual con un país que paga sus errores, sin duda, pero también su situación periférica en momentos de grave dificultad internacional.

En definitiva, el rigor del Pacto de Estabilidad debería ser amortiguado en casos excepcionales mediante la creación de estructuras de política económica que previnieran, primero, las crisis estatales en cualquier país de la Eurozona, y aliviaran después el sacrificio de los naturales de ese país para salir del pozo. Porque esta recesión ha servido para demostrar lo que ya se sabía: que una situación de crisis global no afecta a todos los socios comunitarios por igual. De donde se desprende la necesidad de avanzar, como por cierto ha propuesto la presidencia española de la Unión, en la génesis de una auténtica política económica común, que dé pasos hacia la homogeneidad fiscal e introduzca una mejor gobernanza en el seno de la UE. Y mientras tales designios acontecen, es exigible reclamar para Grecia comprensión y ayuda, para que los ciudadanos no paguen en solitario unas culpas que no son solo suyas.

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