EL RUBICÓN
Lagarto, lagarto
Nació como el revulviso para la economía de la provincia. El futuro está en la I+D+i decían entonces los políticos y el Inteco era el mascarón de proa de esa Investigación, Desarrollo e Innovación. Hoy, más de cinco años después de su puesta de largo y casi 80 millones de inversión, el mascarón ha perdido la proa y es un barco a la deriva, del que sólo salen notas de prensa con obviedades. Como la última, en la que se recomendaba formatear todos los dipositivos electrónicos que se fueran a regalar, para evitar que información personal pudiera caer en manos ajenas. Y no era una broma. Para hacer esto hay un director general, que cobra por ello, y un sinfín de cargos intermedios, que también cobran. Eso sí, ni el uno ni los otros han aclarado aún cómo es posible que al vigilante, al policía de la seguridad en Internet, le robaran los datos de más de 20.000 usuarios. Un robo que llegó justo el año que el instituto recibió más de diez millones de euros para mejorar la Seguridad en Internet.
El Inteco es sólo un ejemplo de cómo dar al traste con un proyecto que nació fuerte bajo la dirección de Enrique Martínez. Con él al frente llegaron empresas y se llevaron a cabo investigaciones de relevancia. Ahora, el centro es sólo un cementerio de elefantes del que poco o nada se sabe. Bueno sí, que hay que borrar los archivos para que no te los pillen, como les pasó a ellos. Manda huevos, que diría el otro. Y por eso cobran y un buen dinero. Un dinero que es público, que es de todos los ciudadanos casi tanto como el de Caja España, antes, ahora Caja España-Duero. ¿Y mañana? Lo que quieran aquellos que la administran. Resulta curioso que en ese último encuentro que tuvo el presidente de la entidad con algunos consejeros de la asamblea, el máximo apoyo le llegara a Evaristo del Canto por boca de José María Rodríguez de Francisco. Sí, sí el mismo que, junto con Francisco Fernández, lo echó de la Caja cuando era director general y fichó en el Parador de Benavente a la marioneta de José Ignacio Lagartos con aquella lapidaria frase: «Tú vienes, pero aquí quien manda es Ajenjo. ¿Aceptas?». Y aceptó, vamos que si acpetó. Del Canto se fue con más de 1,34 millones de euros en el bolsillo y con las pestes de un De Francisco que lo llamó de todo menos bonito. Ahora lo alaba y le da todo su apoyo. ¿Qué ha cambiado? Lagarto, lagarto.