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MIGUEL PAZ CABANAS
León

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TPuestos a buscar culpables del desmoronamiento que nos ha tocado vivir, parece que a la gente le ha dado últimamente por despotricar contra los funcionarios, con ese ímpetu rencoroso tan propio de los españoles, a quienes nos gusta juzgar y generalizar de forma destemplada, ignorando siempre las sutilezas o los matices. Aquí todo es blanco o negro y se mete en el mismo saco al indolente y al que curra, como si las escuelas, los hospitales o las comisarías fuesen pudrideros y sólo estuvieran pobladas de zánganos e irresponsables. Las miserias de la ciudadanía salen a la luz un día sí y otro también. Enciendes la radio y escuchas al personal dando voces, echando espumarajos, criticando con una saña inaudita a cualquiera que, por méritos propios y con frecuencia después de muchos sacrificios, haya conseguido un puesto en la Administración, como si fueran una raza de apestados, de monstruos, de parásitos sin moral ni escrúpulos. Los maestros suelen llevarse la peor parte, qué memez eso de dar clase a veinticinco mocosos por aula, que los envíen a galeras, exclaman algunos, los mismos que luego consienten a sus hijos todo tipo de barrabasadas, que se embelesan viendo la bazofia que les echan por televisión y que, vaya casualidad, adoran a esos millonarios de pantalón corto que le dan patadas a un balón la tarde de los domingos. En medio del espanto bursátil la gente reclama culpables, mejor si son de carne y hueso (los que fomentaron las hipotecas basura son entes fantasmagóricos), olvidando que en las épocas oscuras lo más socorrido es buscarse siempre un chivo expiatorio. Luego nos extraña que haya agresiones en los colegios o los centros de salud, o que los niños se tomen a chirigota la palabra de quien ha sido desautorizado por sus propios padres. Una de las secuelas más graves de lo que está pasando, es la progresiva estigmatización de lo público. Algún día, cuando ya sea tarde, nos daremos cuenta de este error histórico. Echaremos entonces de menos un Estado justo, soberano y fuerte, capaz de salvaguardar la salud, la educación, o la seguridad de sus ciudadanos. Y recordaremos que, después de siglos de oscuridad y barbarie, esa fue la única conquista que se merecían nuestros hijos.

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