Diario de León

león en verso | luis urdiales

Trsite y sola

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León

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Quedan los lobos, las codornices mancas que no se han visto con fuerzas para llegar hasta Cádiz —el último lugar de refugio de la burguesía y los aburguesados leoneses— cuando la última luna  les dijo que era el momento, el gasolinero aburrido de no tener a quién hablar, las calles vacías y el eco en el monte, el panadero sin bocas para el pan. Las iglesias vacías en la misa de domingo. Septiembre es una losa para el León estival, que se toma agosto como una aspirina contra la soledad y el abatimiento que se ofrece el resto del año. Agosto era un placebo frente a la realidad. Llegó el final de trayecto de ese espejismo de gentío en las piscinas, de coches amontonados a las sombras de las riberas, de las tardes descalzos en el agua.  Queda el grito del cárabo.

 

Y si acaso el viento ese al que se le adjudicó la propiedad de la tierra, y al que ahora le cargarán el recibo del nuevo impuesto del patrimonio.

 

La vuelta al cole en León recrudece la realidad de una tierra que tiene fugas en el ciclo vital. El cole, que es campo abonado para los indignados de mañana, parados, emigrantes y otra generación sin oportunidades, retrata el declive de un lugar en el que la principal reseña en la pirámide poblacional es que nacen más osos que niños y crecen más avutardas que infantes. Felicidades para los responsables de la política demográfica, artistas en hablar y no decir. Así se alimenta el círculo. Un tercio de los que hoy visten baby se lamentarán dentro de dos décadas de la falta de trabajo, infraestructuras y medios de vida; el resto de los que hoy corretean por los patios y hacen novillos para el primer cortejo en la calle de al lado habrán echado a correr para que a sus hijos no les marque de por vida  la misma frustración. Los colegios de León, raquíticos de alumnos, sacan los colores a los que año tras año se agarran a la cantinela del vamos a incentivar, vamos a primar, vamos a discriminar positivamente. Al verso nunca le asiste la rima.

 

El cole, ahora inclinado a campo de ensayo de chavales violentos que se envalentonan con los principios de mouriños en escala que resuelven diferencias con el dedo en el ojo ajeno, es el termómetro de la sociedad de mañana.

 

Pasarán los años y, cada septiembre, la fila de entrada al aula renovará el ciclo de declive; se caerán dorsales y  quedará el viento, ese que es el dueño de esta tierra cada vez más jodida.

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