Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO

Clamar en el desierto

Cristina Fanjul
León

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El Procurador del Común, el defensor del pueblo que se nos ha otorgado por estos lares, defendió ayer en las Cortes de Castilla y León el saldo de su trabajo. Vamos, que representó ante los procuradores su necesidad de seguir con la oficina abierta. Y es que con la crisis se ha abierto el debate de la necesidad de cerrar algunos de los entes y entelequias cuya operatividad real es más que difusa, cuyo papel podría desaparecer de los organigramas oficiales con el consiguiente ahorro para el contribuyente y sin que ello redundara en perjuicio del ciudadano. Pues eso, el procurador. ¿Qué le procura al común este fiscalizador cuyas denuncias quedan siempre latentes? ¿Qué sentido tiene una figura cuyos dictámenes no vinculan? Informar al Estado, eso es todo.

Y ¿qué hace el poder con las actas de este defensor público? Pues la mayor parte de las veces nada. ¿De qué nos sirve tener un abogado que litiga en el desierto? Y, ahí les tienen, encantados de conocerse, todos sin excepción. Sonriendo ante el hecho de que este año se hayan presentado en la oficina de Javier Amoedo nada menos que tres mil quejas.

No es para menos, porque el papel del procurador del común es el que ejecuta el ciudadano ante los tribunales de justicia. Pero claro, en un país en el que Montesquieu murió antes de llegar a la pubertad se ha creado la ficción de un Estado hiperprotector, con figuras inanes que generan ante la ciudadanía la ilusión de que la ley es la misma para todos y que todos estamos amparados por ella. Y es que cualquier denuncia que haya resuelto un tribunal de justicia no podrá ser ya objeto de investigación por parte del defensor público. Esto es como lo del Ombudsman, esa figura que se creó hace años en numerosos diarios y que sería absolutamente gratuita en un periódico que respetara la libertad y el criterio de sus lectores.

Pero el caso es que, como vivimos una ficción democrática, como la justicia está huérfana de medios, como la igualdad ante la ley es aún una aspiración y los representantes públicos sólo aspiran a seguir haciendo juego (y no el de pelota), genera tranquilidad que de vez en cuando haya un vocero que no tenga nada que perder y pueda hacer denuncias con la ayuda de un megáfono.

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