Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Resulta fascinante cómo ciertos libros llegan a nuestras manos. Unos lo llaman azar, otro prefieren llamarlo milagro. Acabo de terminar el libro que Manuel Garrido, vicario de la iglesia de San Antonio de Padua, en Ponferrada, publicó este año en una sencilla pero muy hermosa edición sin ánimo de lucro. Si aquella mañana no me hubiese pasado por la imprenta Peñalba a saludar a los amigos que allí tengo, en mi viaje hacia La Cabrera, ellos no me hubiesen obsequiado este libro, hermoso cofre del tesoro, que me ha maravillado ya desde su título: La brisa del jardín . No conocía a este sacerdote, ni personalmente ni por referencias, entonces, a unas pocas páginas de concluir la lectura me permití llamarle por teléfono para felicitarle, pues, me dije y le dije, debemos ser también juglares de las buenas noticias, no sólo de las malas. Y aquí la buena noticia es que La brisa del jardín es para mí uno de los mejores libros que he leído en este año, que sus reflexiones me han conmovido, y que me viene a confirmar algo: la crisis no ha de poder con nuestro corazón colectivo, cuyos latidos son la suma de muchos latidos anteriores, que vienen desde muy lejos. En las páginas de Garrido aparece maravillosamente plasmado su amor por el mundo homérico, pre cristiano a efectos cronológicos, pero en el que ya existían destellos de la gracia futura que habría de derramarse sobre la Humanidad.

Con motivo de la crisis se habla de los efectos negativos que tendrán los recortes sobre la actividad cultural. Los tendrá, pues es el patito feo del estanque de las subvenciones. Pero rara vez una gran obra se ha perdido por tales causas. Desde que el mundo es mundo, incluso con el enemigo a las puertas, artistas, escritores, músicos han seguido creando y proclamando sus convicciones. El corazón colectivo nunca dejó de latir. Ni dejará.

Y sí, también en el ámbito de la cultura, ciertas edificaciones en apariencia sencillas pueden resistir mejor que las torres más altas. Por todo ello, me ha admirado el libro de este sacerdote, su amor por los clásicos, plasmado con libertad intelectual admirable y rigor en sus citas. Y que llegó a mí por caminos que unos llaman azar, y otros preferimos llamar milagro.

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