editorial
Y la serpiente bajó la cabeza
Es, sin lugar a dudas, la noticia más esperada en España en décadas. La mayor irregularidad que presentaba la democracia española se cerró ayer después de más de 800 víctimas mortales y de miles y miles de personas que han visto sus vidas dañadas porque unos pocos habían decidido que no era posible una convivencia pacífica.
El anuncio de la banda terrorista de que se acaba lo que ellos llaman «lucha armada» no sorprende a nadie pero no deja por ello de ser realmente relevante. Con una escenificación a la medida de su brazo político, ETA aprovecha la llamada Conferencia Internacional de Paz del lunes, en la que logró una justificación para acabar con su estéril actividad terrorista, para buscar una salida airosa. Intenta encubrir la realidad que pasa por una verdadera victoria de la democracia y de la sociedad española que, más allá de los renglones torcidos que también los ha habido, ha dejado patente que toda la sangre y el sufrimiento que ha puesto ETA sobre la mesa al final ha sido totalmente esteril.
El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, resaltó ayer que el anuncio de los terroristas supone la victoria «de la democracia, de la ley y de la razón» y reclamó unidad al Gobierno y al Parlamento que salgan de las urnas el 20-N para «conducir esta nueva etapa».
Y es que el anuncio de ETA es un punto y final para tanto dolor inútil y evitable, pero también supone el inicio de una nueva era que se convierte en un escenario de verdadera exigencia para los partidos políticos. La interrupción de los terroristas en los tiempos electorales de España no es nueva —comunicados, el ataque islamista del 11-M o el asesinato de Isaías Carrasco— y surge como un reto sobre la capacidad de los partidos para hacer bueno lo que tantas veces han repetido de que la lucha antiterrorista debe apartarse del debate político. Y es que, como planteó ayer Zapatero, la nueva situación exigirá al nuevo Parlamento y al nuevo Gobierno un esfuerzo de seriedad, rigor, prudencia y probablemente discreción para cerrar definitivamente el capítulo infame que ha protagonizado ETA en la historia de España.
Se abre una nueva etapa y se precisará un gran esfuerzo de la sociedad para que se cierre de una vez por todas esa pesadilla que tantas veces parecía que no tendría fin. Y ese esfuerzo pasa en primer lugar porque los partidos políticos sean serios en una materia tan delicada. Hay demasiado dolor encima de la mesa para que el camino que se abre ahora pueda transitarse sin esa prudencia exigible a todos los partidos democráticos. «La nuestra será una democracia sin terrorismo, pero no sin memoria», aseguró Zapatero en un homenaje a las víctimas que no tuvo el detalle de hacer la propia ETA en su comunicado.
La serpiente bajó la cabeza y ahora es el momento de que toda la sociedad española, empezando por sus dirigentes, empuje en la misma dirección porque aún no se acabado todo. Aquí no ha habido «confrontación» como se quiso resaltar en la Conferencia de Paz. Sólo ha habido víctimas y verdugos, la confrontación entre un Estado democrático y una banda terrorista. Desde esa base de reconocimiento con unas posturas claras sí será legítimo avanzar y podrá incluso llegarse a una etapa de generosidad de la sociedad española. Pero, de momento, queda en manos de los partidos la gestión de un futuro que es, al menos, esperanzador.