León

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Hay muchas clases de muertos, incluidos los cadáveres políticos. Pero no es de estos de los que les quiero escribir. Hoy es el día de otra clase de difuntos: de quienes ya no viven y, sin embargo, están. Por ello, no dedicaré ni una línea a fallecimientos tan mundanos como el de los tiempos de bonanza, pues estos eran un mero espejismo de cristal, ni al óbito de ninguna superstición urbana, como esa de creer que la política tenía soluciones para todos los problemas del hombre, tampoco abordaré aquí defunciones por asesinato, como la de la cultura del esfuerzo o la de los buenos modales, víctimas del triunfo de la zafiedad como una de las bellas artes. En efecto, hay muchas clases de muertos, pero ahora sólo cabe hablar de los de toda la vida: aquellos con los que establecemos nuestro diálogo más íntimo. «Papá… ¿qué hago?», le pregunta mentalmente el hijo a su progenitor, muerto años atrás. Los ateos mantienen que después de esta vida no hay nada, salvo su abuela, la física cuántica y el espíritu de Elvis, en cambio, los católicos creemos que este mundo es solo la planta baja del gran edificio. Muchos además percibimos, aunque quizá no sea una convicción muy ortodoxa, que tan tuyos son los muertos de la familia como todos aquellos cuya luz te guía, sea con antorchas o con cerillas, con aureola o sin ella. ¡Hay tantos nombres de ausentes que nos iluminan el camino! Para muchas personas, Homero, Cervantes, Rembrandt, Bach, María Callas o Groucho Marx, por citar únicamente algunos, forman parte también de su panteón privado, del nicho invisible en el que habitan todos aquellos cuyas creaciones les ayudan a vivir.

Son estos tiempos extraños en los que el ciudadano percibe que está asistiendo a la agonía de un modelo de sociedad, y cuando el fallecimiento se produzca ya no importará si fue de muerte natural o porque lo empujaron. Pero el ser humano siempre se ha impuesto a las circunstancias adversas. ¡Mira que sufrimos hasta que inventamos el fuego, la rueda o al Real Madrid! Finalmente, ahora en serio, dejó aquí constancia de mi recuerdo hacia los periodistas leoneses, de nacimiento o de adopción, que se nos fueron. Siempre es demasiado pronto. Os habéis marchado, pero estáis.

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