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JAVIER TOMÉ
León

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No me gusta meterme en camisa de once varas, pero creo reflejar el sentir común si expreso cierto alivio ante el final del bombardeo de consignas y otros excesos ideológicos de una campaña electoral más pesada que el parto de la tía Rechonchona. Hablando siempre en líneas generales, la clase política está ahora mismo tan desprestigiada que algunos hablan del timo del escaño, una sensación muy lejana a la borrachera de idealismo que trajo consigo aquella Transición pactada a base de generosidad y en beneficio del país. Sin darnos cuenta nos han cambiado el guión, hasta el punto que el llamado Estado del Bienestar y la quimera del pleno empleo se han ido alcantarilla abajo. Puesto que el personal estaba acostumbrado a echar carne al caldo, la agenda de agravios es tan extensa que, para muchos candidatos, la cita en las urnas de hoy tiene tanto peligro como un exhibicionista sin gabardina. Cuando llegue la noche las virtudes de la razón democrática habrán dictado sentencia, nominando al encargado de poner remedio al sorprendente caso del dinero burlado y los puestos de trabajo menguantes.

También están acostumbrados a escuchar sentencias los abogados que acaban de recibir una medalla por sus 40 años de actividad. Dicen que en León los jardines son amplios pero las mentes estrechas, por lo que aún tiene más mérito el permanecer en un tajo abierto a la crudeza de las tristes realidades sociales. Todos los galardonados son personas de reconocido prestigio público, aunque por razones de afinidad personal elijo resaltar al letrado don José María Muñiz Sánchez, todo un personaje en el círculo privado y algo claustrofóbico de la abogacía. Lejos quedan sus primeros escarceos en esta profesión especializada en comprender los vericuetos oscuros de las peripecias humanas. Pero como escribió Dickens, si no hubiera malas gentes no habría buenos abogados. ¡Enhorabuena, amigo!

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